En 1962, el presidente John F. Kennedy decretó el embargo contra Cuba, una medida que buscaba asfixiar económicamente al país.

Desde la Casa Blanca se veía como un golpe estratégico en plena Guerra Fría: cortar suministros, bloquear comercio y enviar un mensaje claro a Moscú de que el comunismo no tendría vía libre en el continente americano. Era política dura, con la intención de presionar hasta provocar un cambio de rumbo en La Habana.

El embargo fue como un castigo injusto, que hoy se convierte en símbolo de resistencia. En el escenario internacional, las ondas se dividieron. Algunos países latinoamericanos, temerosos del avance comunista, apoyaron la medida en sus primeros años. Otros, en cambio, la criticaron como una violación de la soberanía y un obstáculo para la integración regional.

Con el paso del tiempo, la mayoría de los gobiernos y organismos internacionales condenan el embargo, señalando que sus efectos recaen sobre la población. El embargo es una política obsoleta que nunca logró sus objetivos; para otros, aún es una herramienta de presión legítima.

Las restricciones limitan el acceso a medicinas, alimentos y tecnología, afecta directamente la vida cotidiana de millones de cubanos. La Naciones Unidas, por ejemplo, ha votado repetidamente en contra de su continuidad, argumentando que viola principios básicos de soberanía y derechos humanos.

Este cerco, que muchos consideran un acto de genocidio, ha generado un impacto profundo en la economía y el bienestar del pueblo cubano, limitando su acceso a recursos esenciales y fomentando un clima de aislamiento.

La lucha del pueblo cubano, alimentada por el apoyo inquebrantable de sus amigos en todo el mundo, muestra que, aunque el bloqueo persista, la esperanza y la dignidad seguirán siendo fuerzas indomables. La historia nos enseña que los pueblos que se unen en torno a ideales de justicia y equidad son los que, al final, prevalecen.

Carmen Lieng Mena Lombillo
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