El 10 de enero de 1929 se apagó una voz que resonaba con fuerza en el corazón de la revolución cubana. Julio Antonio Mella, un joven de apenas 25 años, fue asesinado en la Ciudad de México, un crimen que conmocionó a la comunidad cubana y a todos aquellos que luchaban por la justicia social en América Latina. Su vida, marcada por una incansable lucha contra la opresión, se extinguió de manera violenta, pero su legado perduraría en la memoria colectiva de su pueblo.
Nacido en La Habana en 1903, Mella fue un prodigio desde su juventud. Su inteligencia y determinación lo llevaron a estudiar Derecho y Filosofía en la Universidad de La Habana, donde rápidamente se convirtió en un líder estudiantil. En sus años universitarios, se opuso abiertamente a la tiranía de Gerardo Machado, un régimen que se caracterizaba por la represión y la corrupción. Su activismo lo llevó a fundar la Universidad Popular José Martí y a participar en la creación del primer Partido Marxista-Leninista Cubano.
En 1926, las autoridades universitarias no pudieron tolerar más su rebeldía y lo expulsaron. Sin embargo, Mella no se rindió. Su exilio en México no fue un signo de derrota, sino una oportunidad para expandir su lucha. Allí, se unió a otros revolucionarios, organizando la Asociación de Nuevos Emigrados Revolucionarios Cubanos y participando en conferencias internacionales que promovían la causa de los oprimidos.
El 10 de enero de 1929, Mella se encontraba en el bullicioso ambiente de la capital mexicana, donde había forjado alianzas con líderes de diversas corrientes políticas. Esa mañana, mientras caminaba por las calles, fue abordado por matones al servicio del régimen de Machado. En un acto de cobardía, le dispararon a quemarropa, segando su vida y dejando un vacío en el movimiento revolucionario cubano.
El asesinato de Mella no solo fue un ataque contra un individuo; fue un intento de silenciar una voz poderosa que abogaba por la justicia y la igualdad. Sus últimas palabras, «¡Viva la Revolución!», se convirtieron en un grito de batalla para aquellos que continuaron su legado. La noticia de su muerte se esparció rápidamente, y el dolor y la indignación se apoderaron de la comunidad cubana, tanto en la isla como en el exilio.
Su vida fue breve, pero intensa. Mella se convirtió en un símbolo de la lucha contra el imperialismo y la opresión en América Latina. Su legado inspiró a generaciones de revolucionarios, y su nombre sigue resonando en las luchas sociales. En la memoria colectiva, Julio Antonio Mella permanece como un mártir que dio su vida por un futuro mejor para su país.
A través de su sacrificio, se encendieron las llamas de la resistencia que continuarían ardiendo en Cuba y más allá. Mella no solo es recordado como un líder estudiantil o un político; su esencia vive en cada acto de valentía y en cada lucha por un mundo más justo. Su historia nos recuerda que, aunque la muerte puede silenciar una voz, el eco de sus ideales perdurará eternamente en la lucha por la libertad.
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