Anisley Robaina es de aquí. Cada día, frente a su clase, mira a jóvenes que nacieron con el teléfono en la mano. Ella no va contra la tecnología. Va contra la falta de cabeza. Porque la red, sin cuidado, es más trampa que ayuda.
«La inteligencia artificial la hace la gente. Y la gente, a veces, se equivoca», afirma Anisley. Por eso en su aula, la tableta y el libro son compañeros. «Yo les digo: el libro no se bota», insiste. Para ella, lo de antes es la base. Sin eso, te pierdes en el mundo digital. En un momento de nuestra conversación me dijo que sus alumnos no pueden utilizar el teléfono mientras están dentro del aula.
Su lección más importante: reconocer la noticia falsa. «Hay que saber identificar lo que es un fake news», explica. En Cuba, donde las redes llenan la vida de millones, esto es importante. Ella no quiere que sus muchachos crean cualquier historia. Quiere que pregunten, que duden.
Las redes: ¿refugio o espejismo? Anisley ve algo más. Sabe que algunos alumnos, si tienen un problema en casa o se sienten mal, buscan las pantallas. «Ahí buscan likes, que alguien les diga «estás bien», comenta. Pero la vida en las redes casi siempre es un teatro. Compararse con esa ficción duele. Ella les recuerda: tu valor no lo decide un corazón en la pantalla.
La herramienta no falla. Fallamos nosotros Al final, el mensaje de Anisley lo dice. El internet «sirve. Pero también muestra puro ‘invento’. Y eso, al final, perjudica». Su trabajo es que sus alumnos no solo sepan buscar en Google, sino que tengan cabeza para cuestionar lo que encuentran. Su voz es un llamado para el barrio: a usar la tecnología, sí, pero con los pies en la tierra de San Antonio. Con la sabiduría que no baja de una antena, sino la que vivimos en el mundo real.
Dayamí Tabares Pérez
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