En la madrugada del 4 de noviembre de 1868, cuando el sol apenas se asomaba sobre las fértiles llanuras de Camagüey, el alzamiento de sus camagüeyanos marcó el inicio de una nueva era para la isla. Entre los que se alzaron con valentía se encontraba Ana María Betancourt, una mujer cuya llama patriotica ardía con una intensidad que desafiaba cualquier sombra que la historia intentara proyectar sobre ella. Su casa se convirtió en un refugio de revolución: armas y pertrechos se depositaban bajo su techo y los emisarios viajaban entre Bayamo, Las Tunas y Manzanillo para llegar a la capital del movimiento en Camagüey.

Ana María no sólo era una anfitriona; también era la pluma que escribía las proclamas que resonaban en los corazones del pueblo y en las botas de las tropas. Pero el fuego de la libertad es una espada de doble filo: un mes después del alzamiento, la persecución española obligó a abandonar su hogar y unirse a su esposo en la manigua, donde la guerra se volvía más cruda y más humana.

Su audacia alcanzó su punto culminante en la Asamblea de Guáimaro (10‑12 de abril de 1869). Subiendo al podio con la mirada firme y el corazón palpitante, pronunció un discurso lleno de patriotismo que proclamó la redención de la mujer cubana. En esos versos resonaba el eco de todas aquellas mujeres que habían sido relegadas a los márgenes del tiempo y ahora exigían su lugar en la historia.

El destino siempre tiene sus propios caminos entrelazados con el fuego de la pasión. El 9 de julio de 1871, junto a su esposo Ignacio en Rosalía del Chorrillo, fueron emboscados por una guerrilla enemiga. Una estratagema ingeniosa permitió que Ignacio escapara; sin embargo Ana María cayó prisionera debido a una crisis de artritis en sus piernas que le impidió huir. Los enemigos la mantuvieron tres meses bajo una ceiba en la sabana de Jobabo como cebo para atrapar al coronel Mora. Allí soportó tormentas y el simulacro de fusilamiento con una dignidad que jamás había visto en otras mujeres.

El 9 de octubre del mismo año—después de haber enfermado gravemente de tifus—logró liberarse y dirigirse hacia La Habana. Desde allí cruzó el Atlántico hacia México y poco tiempo después radicó en Nueva York. Allí se convirtió en un puente entre Cuba y el mundo occidental: en 1872 visitó al presidente estadounidense Ulises Grant para interceder por el indulto de los estudiantes de medicina detenidos tras los sucesos de noviembre del año anterior. En esa misma época se trasladó a Kingston, Jamaica; allí recibió con un doloroso eco la noticia del fusilamiento de su amado esposo en noviembre de 1875.

El retorno a Nueva York no fue solo un retorno geográfico sino también simbólico: regresó al lugar donde las ideas sobre libertad y justicia habían tomado forma tan vívida como las luchas que había vivido. En 1889 partió hacia España; allí comenzó a copiar meticulosamente el diario del general brigada español Juan Ampudia sobre Ignacio—aquel testimonio secreto que guardaba el destino del camarada cubano.

El final trágico llegó un frío día en Madrid el 7 de febrero de 1901. Ana María falleció rodeada del recuerdo constante del amor por su patria y por su esposo perdido. Sus restos fueron trasladados primero a La Habana y luego a Guáimaro, donde reposan hoy bajo la luz tenue pero eterna del sol cubano.

Ana María Betancourt dejó un legado imborrable: una mujer cuya voz resonó más allá del tiempo y cuyo espíritu sigue inspirando cada paso hacia la justicia y la igualdad en Cuba y más allá. Su crónica no es solo narración; es un canto perpetuo a la resiliencia femenina y al poder indomable del patriotismo que arde cuando los corazones están unidos por una causa común.

 

Janet Pérez Rodríguez
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