“Comencé siendo maestra y terminé como maestra, ese es el sueño que siempre tuve, estar en el aula con los alumnos y en la educación primaria sobre todo». Así resume Doris Hernández y Martínez sus 55 años en el sector de la educación. Cuando se le pide que regrese a esos primeros años, ella reconstruye el paisaje de su juventud profesional. “Me gradué en el Instituto Pedagógico Antón Makárenko, en el año setenta. Comencé a trabajar en la escuela José Antonio Echeverría, que se inauguraba ese mismo año», destacó.

Allí estuvo varios cursos. Luego, un breve paréntesis como directora en la escuela Camilo Cienfuegos, en Alquízar, que dio paso a su etapa de maternidad. Más tarde se reincorporó a la escuela José Antonio Echeverría, trabajó en Domingo Lence y en Julio Antonio Mella. Mientras tanto, estudiaba la licenciatura. “Fui del primer grupo de maestros primarios licenciados. En ese entonces comencé de directora en la escuela José Martí», recuerda.

Ya graduada, pasó a la Dirección Municipal de Educación como metodóloga. “Estuve 16 años en ese frente.” Doris recuerda con precisión cómo comenzó esa etapa. “En un inicio era metodóloga de primer ciclo, que atendíamos las dos áreas.” Luego, con las reestructuraciones, pasó a atender la lengua española de primero a sexto grados. “Después, al hacerse varias reestructuraciones en lo que era la dirección, pasé a atender la asignatura Lengua Española de primero a sexto», añadió.

Durante esta primera etapa como maestra de primaria, Doris guarda una experiencia conmovedora. Ella no quería impartir primer grado, sin embargo, lo hizo en una oportunidad.
“Hoy día digo que no hay nada más bello que cuando uno enseña a un niño que no sabe nada, no sabe leer y escribir, que lo termine viendo cómo leen, cómo escriben, cómo se explican, cómo calculan. Es como recibir un ramito de flores que están dormidas y de pronto se abren.
Terminé el ciclo con ellos porque era de primero a cuarto. Recuerdo que eso fue en los primeros años de los años ochenta. En la actualidad muchos son profesionales».

Un renacer profesional
En en año 2001, con el proyecto de formación de maestros emergentes, Doris llegó a la escuela Vicente Pérez Noa, en Caimito. “Para mí fue como volver a empezar. Esa fue una etapa que me marcó muchísimo, de crecimiento profesional entre compañeros provenientes de varias enseñanzas. Realmente fue como un despertar, porque me permitió hacer la maestría, tener mayor interrelación con compañeros de otro nivel y el ambiente era excepcional. Allí teníamos un consejo de dirección muy bueno, que inspiraba al trabajo educativo», evocó quien fuera profesora de Metodología de la enseñanza de la Lengua Española en este centro educativo.

Trabajando aún en la formadora de maestros, le llega la oportunidad de cumplir misión en Angola. “Estuve dos cursos en Angola. Me situaron en un instituto de formación pedagógica. El primer año fue de construcción institucional. La escuela no estaba todavía abierta, sino que había que hacer toda una preparación. Trabajamos en la organización de la escuela y en la elaboración de los programas escolares. Iba a impartir literatura infantil, pero terminé enseñando otras asignaturas. El idioma fue un reto. Los programas estaban en portugués y nosotros lo hicimos en español. Tuvimos que remodelar lo que estaban hechos con esos inconvenientes que tiene el idioma. Al final logramos hacer el trabajo», reseñó.

Al volver, Doris se reincorporó a la Escuela Pedagógica Abel Santamaría, que funcionó durante varios cursos en el Cayo La Rosa, de Bauta. Tras su jubilación, cumplió su sueño.
“Mi sueño era regresar a la escuela primaria. Así llego a la Escuela Provincial de Arte Eduardo Abela. Aquí ha sido maravilloso, porque realmente el trabajo con los niños es lo que me gusta, y sobre todo los niños más pequeños, de los primeros grados, por eso aquí trabajo tercero y cuarto.”

Doris también participó en la elaboración de los materiales del tercer perfeccionamiento del sistema de educación.
“Comenzó en el año 2016 con la elaboración de los programas. Trabajé en los grados cuarto, quinto y sexto en la asignatura Lengua Española. Nos tuvo muy presionados, porque en medio de esa labor llegó la COVID y ya eso nos retrasó un poco. Hicimos todo ese trabajo, ahora se están poniendo en práctica y se van haciendo ajustes sobre la marcha, que son necesarios.”
Aunque debía trabajar a tiempo completo, decidió asumir doble responsabilidad.
“Fui seleccionada para trabajar a tiempo completo, pero después aquí en la escuela no había maestro y ahí decidí trabajar en las dos cosas, en la elaboración de los libros y además seguí impartiendo docencia en la escuela de arte”, señaló.

La familia: el sostén imprescindible

Después de más de medio siglo de realización profesional, Doris reconoce el papel de su familia. “Mi mamá fue bibliotecaria, era muy querida por sus alumnos y siempre me apoyó. Mis hermanas contribuyeron para que yo pudiera hacer la licenciatura y la maestría. Me ayudaron muchísimo. Gran parte de lo que soy también se lo dejo a mi familia».

De sus alumnos, ella conserva imágenes en su memoria. “Quizás no me acuerde del nombre y los apellidos de todos los que han sido mis alumnos, pero sí tengo imágenes de cada uno. A pesar de que los primeros alumnos que yo tuve ya tienen sesenta y tantos años, yo los recuerdo.”

Cuando se le pregunta qué significa ser maestra, responde con una frase que no necesita adornos: “Para mí es algo muy grande, tan grande como la vida».

Doris Hernández Martínez representa la historia de la escuela cubana, de las transformaciones, los perfeccionamientos, las misiones, las aulas rurales y urbanas, los niños que aprenden a leer, los maestros que nunca dejan de estudiar y , sobre todo, la historia de una mujer que, después de 55 años, entra al aula con la misma pasión del primer día.

Adian Acevedo González
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