Nuestra entrevistada hoy está de cumpleaños, a sus 72 años sigue entregada al Museo del Humor de San Antonio de los Baños, único en Cuba y uno de los pocos registrados en Latinoamérica. Ella es María Elena Arango Larrinaga, museóloga y guardiana del Museo del Humor.
Conversamos con ella sobre su vida, su obra y sus sueños.

¿Dónde naciste y cómo recuerdas tu infancia?

Nací en la Loma, al doblar de la escuela 17 de abril. Soy la mayor de tres hermanos maravillosos: mi hermana me cuida como si fuera mi propia madre, y mi hermano es como un padre para ambas. Crecí feliz, con unos padres extraordinarios. De mi madre aprendí la solidaridad; siempre decía: «Se empuja el carretón parejo» por lo que aprendí a ser solidaria desde pequeña y para nada egoísta. Fui una niña tranquila, más de lectura que de corre corre. El deporte no era lo mío; los libros sí.

¿Qué lugar ocupan tus sobrinos en tu corazón?

Mis sobrinos lo son todo para mí. Dicen que «al que Dios no le da hijos, le da sobrinos», pero yo digo que «al que el diablo le niega los hijos, Dios le regala los sobrinos». Ellos son los hijos que no tuve. Son maravillosos conmigo y yo soy una mujer afortunada por tenerlos.

¿Cómo descubriste tu vocación?

No tenía claro qué quería hacer. Un día mi madre vio en el periódico una convocatoria para estudiar Bibliotecología y me dijo: «Estudia esto, tú eres una ratona de biblioteca, a ti te encanta leer». Y hacia allá fui. Las ciencias exactas nunca fueron lo mío; suspendí Matemáticas y Física en el preuniversitario; por lo que al terminar las vacaciones, me incorporé a la biblioteca municipal junto a mi prima, y de ahí pasé a la Biblioteca Nacional.

¿Cómo llegaste al Museo del Humor?

En 1990, mi «Pepe Grillo» —Carlos Eduardo Rey Romero— fue a buscar una bibliotecaria a la Biblioteca Nacional. A la directora se le ocurrió que esta servidora debía ir al Museo del Humor. Imagínate el susto: era febrero del 90 y un mes después ya estaba en la Primera Edición de Humorismo y Sátira. Me mandaron para La Habana a hablar con cuanto Dios creó, y allí conocí a Alfredo Sosa Bravo. Ese hombre me enseñó muchas cosas y también a valorarme. Le debo mucho a mi Pepe Grillo y al colectivo que me acogió con los brazos abiertos. Gracias a ellos cambié mi personalidad introvertida y ensimismada, porque no es lo mismo trabajar en una biblioteca con un público determinado que con amantes del humor y artistas de ese mismo corte.

¿Qué es el Museo del Humor y cuál es su labor?

Es el único museo del humor en Cuba y uno de los pocos registrados en Latinoamérica. Nos dedicamos a exhibir, coleccionar e investigar obras del humorismo gráfico cubano y mundial. Tenemos la Bienal Internacional del Humorismo Gráfico y llevamos el museo a la calle con visitas a escuelas, el círculo de interés Ecohumor —para sensibilizar sobre el medio ambiente— y el taller de Historia de Cuba a través de la caricatura. Es vital vincular a las nuevas generaciones con nuestro trabajo y mostrarles cómo el humor enseña sobre nuestras raíces, el arte y la naturaleza.

¿Cómo te defines como persona?

Me llevo recio, «hasta la tabla y con el tiburón abajo con la boca abierta». No me quedo callada cuando algo no me gusta. Como decía mi papá: «Cuando tú te pones brava, eres como un caballo desbocado con orejeras». Y yo le respondo que el día que esté brava y tropiece, la cara fea está que tengo, no pondré la mano: por lo que seguiré relinchando y comiendo hierbas. Así soy.

¿Qué te gusta hacer fuera del museo?

Me siento bien fuera de las paredes del museo: visitando amistades, sentándome en el parque, yendo al teatro. Aunque no tenga dinero, también me gusta recorrer las tiendas con las amigas. Disfruto confraternizar. Tengo muchas amistades y, como dicen muchos entrevistados: «no menciono nombres para no ser injusta».

Has conocido a muchas personalidades de la cultura. ¿Qué nos puedes contar?

A través de mi trabajo he conocido a muchas personalidades de la cultura cubana e internacional. Pero tengo miedo a las omisiones: han sido tantas las personas que han influido positivamente, que prefiero no mencionar nombres. Mi memoria a veces hace de las suyas, y nadie se merece que yo lo olvide, ni yo me merezco olvidar a nadie.

¿Qué ilusión tienes para el futuro?

Seguir trabajando aquí hasta que la mente me lo permita. Cuando vea que empiece a fallar, me voy. Siempre pensé que al jubilarme no trabajaría más, y mira: tengo 72 años y sigo dando lo mejor de mí porque amo mi trabajo. Como dice mi hermano, y sin falsa modestia, me gusta cómo se proyecta mi experiencia como tutora de las museólogas recién graduadas. De ninguna tengo quejas y nos vemos y tratamos como una familia.

Gracias a María Elena por estos minutos de su compañía, por tantos años de risa, entrega y amor al museo y a nuestro pueblo ariguanabense. ¡Feliz cumpleaños querida!.

Yely Pupo
Foto del avatar

Por Yely Pupo