Hablar de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) es hablar, inevitablemente, de la columna vertebral de nuestra identidad. Hace exactamente sesenta y cinco años, un 22 de agosto de 1961, el panorama cultural cubano se transformó para siempre. En aquel histórico Congreso de Escritores y Artistas, no solo se fundó una organización; se trazó el camino para una vanguardia artística que entendería el arte no como un adorno, sino como una herramienta de transformación social, pensamiento crítico y resistencia cultural.
Tener como primer presidente al Poeta Nacional, Nicolás Guillén, no fue un gesto casual. Su figura marcó el ADN de la institución: una mezcla de lirismo profundo, compromiso con las raíces afrocubanas y una lealtad inquebrantable a las causas populares. Desde aquel momento fundacional, la UNEAC se convirtió en el hogar natural de quienes, con la pluma, el pincel, la partitura o la lente, decidieron que su obra debía dialogar directamente con el espíritu de su pueblo.
A lo largo de estas seis décadas y media, la UNEAC ha sido testigo y protagonista de los cambios más profundos de nuestra historia. Ha sido el refugio donde generaciones de creadores —desde los grandes maestros que ya no están físicamente hasta los jóvenes talentos que hoy irrumpen con nuevas estéticas— han encontrado un espacio para el debate necesario. No ha sido una institución estática; al contrario, ha sido un organismo vivo que ha sabido navegar las complejidades de cada época, manteniendo siempre el equilibrio entre la libertad creativa y el sentido de pertenencia a un proyecto de nación.
Pensar en la UNEAC es recordar las noches de tertulias en la casona de la calle 17, el sonido de los instrumentos que han definido nuestra sonoridad mundial, y la impronta de cineastas y artistas visuales que han llevado la cubanía a los rincones más lejanos del planeta. Ha sido un baluarte de la soberanía cultural, entendiendo que, en un mundo globalizado y a menudo homogeneizador, preservar nuestra identidad es un acto de valentía política y estética.
Hoy, al cumplir 65 años, la organización se enfrenta a los desafíos del siglo XXI con la misma pasión de sus inicios. La cultura cubana, esa fuerza indomable que nos define, sigue encontrando en la UNEAC un puerto seguro. Es un espacio donde el arte y la fidelidad al pueblo no son conceptos contradictorios, sino dos caras de una misma moneda. Celebrar este aniversario es, ante todo, un acto de gratitud hacia todos aquellos que han dedicado su vida a que la cultura no sea un privilegio, sino un derecho y una bandera.
Que este aniversario sea el impulso para seguir creando, para seguir debatiendo y, sobre todo, para seguir siendo ese faro que ilumina la sensibilidad nacional. ¡Que la creatividad siga siendo nuestra mayor arma y que la UNEAC continúe siendo, por muchos años más, el hogar donde el orgullo de ser cubanos se convierte en arte eterno!
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