Cada 19 de febrero, Cuba se viste de música y nostalgia para recordar a uno de sus hijos más queridos: Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez, el inmortal Benny Moré. En 1963, en un día como hoy, La Habana veía partir físicamente a aquel hombre de voz de tenor fluida y expresividad arrolladora, pero su espíritu quedó para siempre en cada rincón de la isla y en el corazón de la música popular.
Benny, conocido por apodos tan grandes como su talento — «El Bárbaro del Ritmo», «El Sonero Mayor» o «El Príncipe del Mambo»—, no solo fue un cantante; fue un fenómeno de la naturaleza. Nació en la humilde Santa Isabel de las Lajas en 1919, el mayor de dieciocho hermanos, aprendió a hacer música incluso antes de tener un instrumento. Cuenta la leyenda familiar que, con tan solo seis años, se fabricó su primera guitarra con una tabla y un carrete de hilo. Ese ingenio infantil fue la semilla del genio que, años después, revolucionaría los ritmos cubanos.
Su carrera fue un viaje de ida y vuelta lleno de sabor. Triunfó en México junto al Trío Matamoros, grabó con el «Rey del Mambo», Dámaso Pérez Prado, y dejó joyas como «Dolor carabalí», un tema que consideraba su mejor grabación y que nunca quiso repetir por considerarla irrepetible. Pero el destino le tenía preparado su mayor sueño: regresar a Cuba para convertirse en leyenda.
Fue en la década de los 50 cuando Benny Moré alcanzó la cima con la creación de su célebre «Banda Gigante», un conjunto de más de 40 músicos que bajo su dirección no solo tocaban, sino que respiraban al son que el Benny improvisaba . Con ellos, popularizó himnos como «Qué bueno baila usted», «Bonito y sabroso», o el desgarrador bolero «Cómo fue», temas que siguen siendo banda sonora de la vida cotidiana en Cuba y América Latina.
Sin embargo, quizás lo más hermoso de Benny Moré era esa cualidad que lo hacía único: su capacidad para convertir el escenario en un acto de magia efímera. Poseía un «innato sentido musical» y un don para la improvisación que dejaba boquiabiertos hasta a los músicos que lo acompañaban . Su Banda Gigante, a pesar de su tamaño, era un ejemplo de organización melódica, preparada para seguir las ocurrencias de un director que cantaba con el alma.
El final del Bárbaro estuvo a la altura de los grandes mitos. Su última actuación fue un acto de amor y entrega absoluta. El 17 de febrero de 1963, en Palmira, cerca de su Lajas querida, Benny subió al escenario destrozado por la salud, tras sufrir una grave hemorragia. A pesar de vomitar sangre y estar débil, cantó como nunca, regalando sus últimos acordes a su gente. Dos días después, el 19 de febrero, La Habana apagaba sus luces para llorar al Bárbaro.
Pero, si hay algo que define a las leyendas es que nunca mueren. A 62 años de su partida, Benny Moré sigue siendo el Sonero Mayor. Su legado es honrado en películas como «El Benny» y en incontables homenajes, como el del guitarrista Héctor Quintana en el centenario de su nacimiento, un reflejo de que su música sigue más viva y sabrosa que nunca y cuando alguien pregunta «¿Qué bueno baila usted?», no hay respuesta posible sin pensar en él.
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