Para que no se rompa el amor

Ana miró asustada las verrugas que habían aparecido en sus genitales. Se puso a llorar un buen rato intentando recodar cuál de todos los muchachos con los que había estado ese mes pudo ser el responsable del contagio: Carlos, Eduardo, Luis o tal vez, Alejandro. Cualquiera hubiera podido ser porque Ana no se había protegido en ninguno de los encuentros sexuales que mantuvo en marzo, en febrero o en enero.

¿Cuántos jóvenes siguen hoy la misma conducta de Ana? ¿Cuántos se protegen desde el inicio de las relaciones sexuales hasta el final? ¿Cuántos son promiscuos y no mantienen una actitud responsable?

A pesar de toda la información que hoy se promueve en nuestros medios de comunicación, todavía son muchos los jóvenes que no mantienen relaciones monógamas y protegidas. Quizás, porque nos parece improbable el podernos contagiar. Parece cosa de películas y telenovelas que la protagonista adquiera sífilis, gonorrea y en el peor de los casos, VHI. Nos confiamos demasiado.

Nunca creemos en los riesgos, aunque sean reales. Y yo me pregunto ¿cuántos embarazos no deseados, cuántas lágrimas y lamentaciones se hubieran podido evitar si hubiésemos usado el preservativo en cada una de las relaciones sexuales que mantuvimos? Es tan fácil la solución ¿por qué insistimos en complicarnos? Exigirle el uso del condón a la pareja no es quererla menos, todo lo contrario. Protégete y protégela para que no se rompa el amor y no se quede atrapado para siempre en la consulta de un hospital o en una la sala de abortos.

 

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