Bandido, justiciero y mambí (2da Parte )

 Por: M.Sc. Alejandro Batista Martínez

El Rey de los Campos de Cuba regresó a Cuba, procedente de Estados Unidos, en septiembre de 1887. Reagrupó a su cuadrilla y la armó con rifles, machetes Colling, revólveres Smith y cuchillos de monta. Cada uno de sus doce hombres cargaba también cincuenta cartuchos, mantas y hamacas y cabalgaban en briosos caballos con elegantes monturas mejicanas.

Tal como se lo ordenaron, contactó y colaboró con los jefes de los grupos revolucionarios de La Habana y Matanzas. Buscó lugares propicios para desembarcar expediciones y refugios seguros. Fustigó patrullas españolas y organizó entre los guajiros un sistema de información que permitía conocer y transmitir los movimientos de las tropas españolas. Al paso de los días volvió a su antiguo oficio de bandolero para sostenerse y contribuir a la causa de la independencia de Cuba.

Durante la época de zafra, el ya famoso Manuel García, amenazaba a los hacendados con quemar sus campos de caña si no le pagaban. En el llamado tiempo muerto se dedicaba a secuestrar ricos para obtener rescate. Parte de ese dinero lo entregaba al general Julio Sanguily y otros jefes occidentales para comprar armas para la causa cubana. En el mes de diciembre de 1894, el Rey de los Campos de Cuba realizó su secuestro más importante. Bien trajeado con un uniforme de oficial español y acompañado de uno de sus hombres disfrazado de sargento, fue a la casa de vivienda del ingenio El Carmen, cerca de Jaruco.

El objetivo era capturar a don Rafael Fernández de Castro, Gobernador Civil de La Habana. Como rescate recibió 8000 pesos en monedas de oro, que envió a Juan Gualberto Gómez, representante en Cuba del Partido Revolucionario Cubano. El 23 de febrero de 1895, en el poblado de Ceborucal, se alzó con unos cuarenta hombres y emprendió la marcha rumbo a Ibarra, dando vivas a Cuba libre. Alrededor de las ocho de la noche llegó a Ceiba Mocha e hizo un alto en la tienda del pueblo para abastecerse. En nombre de la República de Cuba, le pidió al dueño dinero y provisiones.  Le aguardaba el nombramiento de Jefe de la Escolta del General Pedro Betancourt, jefe militar de la provincia de Matanzas.

En la tienda de Ceiba Mocha se encontró Manuel García con el sacristán Felipe Díaz de la Paz y el guardia civil Vicente Pérez. Comenzó un tiroteo. El guardia resultó herido y huyó, pero el sacristán disparó su arma sobre Manuel García, quien cayó muerto del caballo. El mulato José Plasencia, al ver a su jefe en el suelo y ensangrentado saltó sobre el acólito y lo mató a machetazos. Era el 23 de febrero de 1895 y marcó el final del Rey de los Campos de Cuba.

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