La Impronta del Generalísimo

Resulta imposible seguir paso a paso la vida de un hombre que desafió la muerte en más de 235 combates sin sufrir más que dos heridas y que, a la postre, murió en su cama, fulminado por una septicemia. El 17 de junio de 1905 a los 69 años de edad falleció el generalísimo Máximo Gómez.

El Héroe de Palo Seco, Las Guásimas, Mal Tiempo y la Reforma. Aquel hombre al que jamás «el sol de Cuba calentó un día fuera del campamento o del campo de batalla», según escribió él mismo, a lo largo de toda la Guerra Grande, primero, y luego durante la Guerra del 95, y que terminaría confesando que nada odiaba tanto en el mundo como la guerra.

No tiene a partir de 1895, cuando desembarcó en Cuba junto con Martí, un solo minuto de reposo hasta que finaliza la contienda en 1898. Tres años de duras privaciones, a la intemperie, encima del caballo, durmiendo poco y mal alimentado.

Pese a su alto grado militar, en la manigua su posición es la de soldado. Viste una guerrera oscura que luce el escudo de la República y una estrella de cinco puntas.

Su tienda de campaña es una lona, y cuando recibe una de seda, que le manda un admirador desde Francia, la corta en pedazos y los reparte entre la tropa.

El viejo guerrero legó un extraordinario ejemplo al emplear sus últimas fuerzas vitales en una campaña popular de unidad contra el engendro de reelección del anexionista Estrada Palma.

En la tarde del 17 de junio de 1905, el Generalísimo entraba en una agonía final debido a su enfermedad por lo que se despidió de su esposa y sus hijos, y falleció.

Su figura constituye un símbolo de la primera batalla del pueblo cubano y de los verdaderos patriotas contra los males de la seudorepública.

 

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