La primera cubana que montó bicicleta

Por: M.Sc. Alejandro Batista Martínez

Hay una canción popular, casi desconocida por los niños de hoy, de una niña que montaba bicicleta. La inspiradora del tema fue una joven apodada Titina que escandalizó a La Habana al montar en bicicleta. Una actividad tan común como esa era, en el siglo diecinueve, exclusiva de los hombres.

Hoy en día algunos dudan si la fama de Titina se debió al revolucionario acto de pasear en bicicleta en una sociedad machista o a la letra de la referida canción que seguro ya algunos adultos recordaron.

Era el 12 de noviembre de 1894 cuando los transeúntes habaneros se quedaron boquiabiertos ante el espectáculo extraordinario de una mujer montando bicicleta. Nombrada Antonia Martínez, conocida como Titina, su atrevimiento se convirtió en la comidilla de los salones y cafés citadinos. Un año antes la revista El Fígaro publicó una reseña de algunas matanceras que se dedicaban a montar en bicicleta, una actividad que la machista sociedad reservaba exclusivamente para los hombres.

Julia Bosch se convirtió en la primera mujer cubana fotografiada sobre uno de estos novedosos artefactos. Sin embargo las pioneras matanceras pasaron casi desapercibidas. No así Titina Martínez que a lo largo de su recorrido recibió todo tipo de burlas, insultos, agresiones y groserías. Fue tanta la repulsa popular que el semanario La Carta publicó en portada una seria advertencia contra todas aquellas mujeres que osaran cometer semejante acto de libertinaje y exhibicionismo.

Con el fin de la dominación española en Cuba la moda norteamericana se impuso en la Isla. La mujer estadounidense, más liberal y moderna que la española, se convirtió en el ejemplo a seguir por las jovencitas. Las ciudades se inundaron de féminas sobre bicicletas, con cabellos cortos, blusas sin mangas o exhibiendo sus tobillos.

Y es que una vez que la rueda del progreso echa andar, nada puede detenerla. Pronto un gran número de mujeres subversivas comenzó a pasear en bicicleta por las calles de La Habana. La prensa tuvo que tragarse sus palabras y la sociedad aceptar una actividad para nada exclusiva de un género en particular.

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