Ya se va el 2020

¡Qué ganas tengo que se acabe este año, por dios! – reiteraba mi prima Yaritza ante cada nefasta noticia, divulgada por la prensa o difundida en el barrio y que le tocaba el corazón,  por lo injusta e inesperada.El 2020  agoniza, tiene los días contados, la cuenta regresiva  casi llega al final.  Muchos (como mi prima) deseamos  la muerte del  año  y la motivación principal  no es el  ambiente  festivo que  acompaña la fecha, aunque, como cubanos al fin, ningún año con cifras  repetidas  y doblemente divisible por cuatro,  nos va a quitar la alegría de despedirlo como se merece: con el tradicional cubo de agua lanzado  desde el interior de los hogares y la esperanza de que se marche de una vez con o sin viento fresco, junto a los olores del asado y el humo que desprenden los muñecos que en cada cuadra que se respete, materializan las ilusiones de despedida a “todo lo malo” y la “bienvenida a nuevas  esperanzas”.

Nos alegra  decir adiós a un año tan difícil. Sin embargo,  considero  que  vencimos muchas batallas, pero aún,  no ganamos la guerra a la COVID-19. Somos uno de los municipios del país a los que la  nueva normalidad permite compartir  en  familia. Mantenga la tradición: limpie la casa, descorche botellas  de sidra o vino casero, festeje con cerdo, pollo  u otro tipo de cárnico, baile  hasta que los pies duelan, cante hasta perder la voz pero… cumpla con los protocolos de salud.

Piense en otras familias, en las cuales la reunión estará marcada por la ausencia irreversible de uno de sus miembros. Piense en los que lejos, varados por una pandemia de alcance mundial, contabilizan para que la diferencia de horarios les permita saludar a los suyos desde la distancia.  Ellos esperan que las redes saturadas por el intercambio de mensajes, no impida ver la sonrisa de aliento y escuchar las voces queridas, que oxigenan el alma y como decimos en buen cubano: recargan las pilas para seguir funcionando.

El año pasado disfruté  con las calles abarrotadas. Me regocijó formar parte del  el ir y venir de las personas,  característico por estas fechas. Hoy,  miro ceñuda y preocupada hacia cualquier multitud. Entiendo que a veces resulta la única opción para cubrir necesidades, no obstante, el fin no justifica los medios. Arriesgar a la  familia exhibiendo  una cara  descubierta en una cola, no es una opción de fin de año.

Las familias ariguanabenses sobreviven  a un año convulso, en el que el miedo tocó a la puerta vestido con batas  y  nasobucos verdes. Un miedo que convirtió a los vecinos en positivos o negativos, contactos y sospechosos, como en una clásica película policíaca. Un año donde el olor a café fue casi un lujo, donde estiramos el champú, prescindimos del suavizador para el cabello  y la distribución por núcleos familiares de los productos de primera necesidad, se convirtió en  la  iniciativa  más acertada y polémica. Con el humor propio de los nacidos en esta villa escuché decir: “pierde el carnet de identidad pero cuida la libreta de la bodega”.

El 2020  agoniza. Tiene los días contados. En su  cuenta regresiva  robó abrazos,  impidió el beso cariñoso, obligó al trabajo a distancia  y aplazó  planes que creímos urgentes. Más,  de ninguna manera pudo arrebatarnos el amor, la solidaridad y la alegría de luchar por lo que amamos. El 2021 ya está ahí,  al doblar de la esquina,  si usted tiene la dicha de contar con su familia, si los puede oler, palpar y hasta visualizar desde la lejanía, usted ganó la más importante de las batallas. Felicidades y que todo lo bueno lo alcance.

Del autor:

Janet Pérez Rodríguez

Máster en Ciencias de la Educación. Redactora y reportera de prensa de la emisora Radio Ariguanabo de San Antonio de los Baños