Fortaleza y espíritu

Había llegado a la vida Rubén Agnelio Martínez Villena. La madre, María de los Dolores de Jesús Manuel de Villena y Delmonte, era una mujer delicada, de gran belleza y gestos refinados. De ella heredó el hijo los rasgos, la bondad, y el refinamiento de los gustos. De su padre, Kuciano Agustín Rogelio Martínez Echemendía, recibió Rubén la rebeldía del carácter, el concepto del honor, aquella energía suya emprendedora, la voluntad y el anteponer el deber ante todo. De él heredó también la aptitud intelectual.

Sus enormes e impresionantes ojos revelaban fortaleza de espíritu. Nació con determinación para decidir pese a la inminente enfermedad, su destino.

Su talante lo convirtió en secretario personal del eminente antropólogo cubano Fernando Ortiz (uno de los mayores especialistas en el folklore cubano), y luego como principal cabecilla, junto a sus compañeros de generación literaria Jorge Mañach y Juan Marinello, del denominado Grupo Minorista, un colectivo de jóvenes escritores, pensadores y artistas que capitalizó la vida cultural cubana durante la década de los años veinte. La casa-museo dedicada a este joven, Rubén Martínez Villena, muestra la cronología de su fructífera, aunque breve vida.

Fue un espléndido e inspirado poeta amoroso. Poemas suyos reflejaron lo mejor del costumbrismo y el bullicio habanero. Con fino humor supo ironizar las ceremonias fúnebres de sus conciudadanos.

Con el tiempo Rubén fue alejándose progresivamente de la creación poética, atraído por sus ideales políticos y su expresión literaria a través del género ensayístico. Tanto fue así, que se negó a recopilar sus versos en un volumen impreso (publicado luego por sus familiares en 1936, a los dos años de su muerte), y a partir de 1927 no volvió a escribir ningún poema. Sin embargo, su espíritu lírico asomó en varias ocasiones en su epistolario, sobre todo en las cartas que dirigió a su esposa durante el exilio político en la Unión Soviética.

Con apuntes de www.mcnbiografias.com

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