Decir Cuba es decir Fidel

Hace ya cuatro años que escribirte y regalarte mis palabras y mi voz cada 25 de noviembre es lo primero que hago al recibir la jornada. Únicamente porque no puedo ni quiero, dejar de pensar en ti.

Lloré tanto hace cuatro años, cuando te fuiste; sin embargo, no tardé mucho en comprender que las lágrimas debía convertirlas en acciones, en hechos trascendentales a favor de mí Patria, como tú me enseñaste siempre.

Entonces abuelo, que asegura fue tu amigo, me demostró en aquel 25 de noviembre de 2016, que tú no te habías ido. No me costó trabajo entender su lección, bastó solo una frase, decir Fidel es decir Cuba. Ahí te vi, abrazando a este caimán  con tus manos desde la eternidad del universal hombre que fuiste.

Y me di cuenta que la muerte no pudo con tu legado, ni con tu ejemplo, ni con tus ideas. Necesitaba la parca a millones de aliados para arrastrar tu pensamiento y tus doctrinas hacia otro lugar lejos de esta tierra. No pudo ella arrebatar tu fuerza, esa que se quedó en las manos de los campesinos. Tampoco pudo  con tu sonrisa, impregnada en cada niño cubano.

¿Cómo podría enlutar tus ideales? Esos ideales que están en cualquier rinconcito de esta tierra, donde menos lo imaginas. Ahí están las ideas y el alma de Fidel  materializadas y no como sueños. ¿Dónde? En la música de Alexander Abreu cuando le grita al mundo entre acordes que le dicen Cuba, o en los movimientos del Folclórico Nacional manteniendo nuestras raíces danzarias, o en las manos salvadoras de cada médico, de cada maestro, de cada ingeniero, que se forman en las escuelas que tú creaste.

Es bueno sentirte vivo entre nosotros. Es bueno saber que hoy sigues aquí, y pienso que el viento de la mañana fue tu mano acariciando mi cabello, como para confirmar, que sigues por aquí, por tu Cuba, mi Fidel.

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