Pureza de amor

No hay regazo más perfecto que los brazos de una madre. Estoy segura que Martí pensaba así de Leonor Pérez, su progenitora. De todos sus afectos, el amor por su madre fue uno de los espacios privilegiados en el corazón del Apóstol de la independencia de Cuba, José Martí.

Ella nació en la isla de Santa Cruz de Tenerife, en el archipiélago de las Canarias, el 17 de diciembre de 1828 y, junto a su padre que era teniente y músico de artillería, y a su familia, se trasladó para la ciudad de La Habana, con catorce años de edad. El 7 de febrero de 1852, contrajo matrimonio con el sargento primero del Cuerpo de Artillería, el valenciano Don Mariano Martí y Navarro.

Y, antes del año de casada, el 28 de enero fue madre, por primera vez, al dar a luz a su único varón: José Julián. Después tendría siete niñas.

La joven madre, con 24 años, tuvo a su hijo, al mozuelo que le daría los más grandes amores y, también, los mayores quebrantos al verlo entregarse, desde la adolescencia, a la lucha por la independencia de la tierra que le vio nacer.

Ella, de natural trabajadora y estoica, capaz de enfrentar grandes penurias económicas y pérdidas, como lo fue la muerte de varias de sus hijas, ya en la niñez, ya en la juventud, en Cuba y en México, vería con creciente preocupación el sacrificio de su hijo, escéptica como era ante las miserias humanas.

Así, no es de extrañar, que el primer texto que se conserva del joven José Martí, sea una carta dirigida a su progenitora, el 23 de octubre de 1862, cuando apenas contaba con nueve años de edad, fechada en el Hanábana, zona rural de la actual provincia de Matanzas, a donde el pequeño había ido en compañía de su padre, nombrado capitán juez pedáneo en Nueva Bermeja, cargo en el que contaría el valenciano con el auxilio de su retoño, más letrado que el padre.

Allí se hizo jinete, como narra a Doña Leonor: “Ya todo mi cuidado se pone en cuidar mucho mi caballo y engordarlo como un puerco cebón, ahora lo estoy enseñando a caminar enfrenado para que marche bonito, todas las tardes lo monto y paseo en él, cada día cría más bríos.”

Como cualquier otro niño de su edad gusta del baño en el río, apreciaba sus crecidas, establecía un hermoso diálogo con la naturaleza, entre palmares y ceiba cuenta de sus andanzas infantiles a la mujer de la que se declara, cuando se despide de ella como : “… su obediente hijo que le quiere con delirio.”

Y es que en la sustancia de la hombría de José Martí, en el costado más personal de su biografía, siempre encontraremos a esa mujer, a Doña Leonor, ejemplar en su civismo, en su laboriosidad, semillero junto a su esposo, y desde su hogar, de ese sentido del deber, de ese amor por el trabajo y de esa orgullosa dignidad que crecerá en su hijo, dentro de sus mejores virtudes.

Sufrió mucho Leonor al ver a su joven hijo preso; desde allí, desde el presidio, donde fue el preso número 113 de la primera brigada de blancos, el 28 de agosto de 1870, el joven Pepe Martí envía unos versos a Doña Leonor:

“Mírame, madre, y por tu amor no llores:
Si esclavo de mi edad y mis doctrinas,
Tu mártir corazón llené de espinas,
Piensa que nacen entre espinas flores.”

El hijo amantísimo siempre tenía una palabra de amor para su madre amada, sentimiento puro que sabe dar una mujer que brota de sus entrañas la vida.

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