Nuestro idioma
“Hombre que no conoce la lengua del país en que vive, es hombre desarmado”…
Hablaba Martí del placer que se siente ante el alcance de una palabra y origen: …”no hay nada mejor para agrandar y robustecer la mente que el estudio esmerado y aplicación oportuna del lenguaje”. Tales reflexiones del maestro nos llevan a cuestionar hasta que punto hemos lacerado el idioma materno. Me atrevo afirmar que el estado de salud de las palabras en la actualidad es grave, y esto no es un fenómeno sólo de mi ciudad, es algo que involucra también al resto de la nación.
Términos tan sencillos y limpios como: amigo o hermano, para referirse a personas que resultan entrañables ya no escuchan. Ahora se alimentan otros como “consorte, brother, el mío,”, a la madre, símbolo de sublimidad y amor, suele llamársele pura, y si queremos saber que ocurre a otra persona, la pregunta inmediata es: ¿qué volá? ¿Qué cuentas? ¿Qué hay?
Lo lamentable resulta que expresiones como éstas cobran vida en cualquier sitio dígase empresa, institución, organismo y muchas veces llevan uniformes, como en los centros educacionales donde debería prevalecer el buen ejemplo, el buen decir.
El lenguaje, es considerado como un organismo vivo que constantemente está en evolución, se desarrolla y crece, pero está a punto de fallecer, porque está involucionando. Sí, porque el idioma español alcanzó una nueva dimensión; válida por cierto, pero que ahora se degenera sin límites hasta caer en lo chabacano y vulgar.
Si olvidamos salvar lo que nos distingue del resto del mundo, lo que forma parte de una idiosincrasia forjada a lo largo de tantos años…si las palabras correctas y el buen decir siempre han sido nuestras principales armas ¿Por qué empeñarnos en lo peor, caer en el facilismo de las palabras que no nos dicen nada?
Deberíamos intentar el uso adecuado, correcto, el que destaca amabilidad, cortesía y educación. ¿Podemos empezar hoy?

