Esther Borja joya de la cultura cubana

Esther BorjaEsther BorjaDe fina espiritualidad e indiscutible talento artístico Esther Borja, se le reconoce como la Dama de la Canción. Dueña de una madurez  vocal e interpretativa se pasea con el timbre único de su voz y gana en escenarios nacionales y universales el reconocimiento del público.

 Es la soprano cubana con mayor número de obras grabadas y de más extensa labor discográfica.  El 5 de diciembre venidero cumple 100 años la intérprete de Damisela por ello se le dedica un amplio programa de homenaje además se rendirá tributo al compositor y pianista Ernesto Lecuona, considerado uno de los músicos cubanos más difundidos en el mundo, autor de piezas como La comparsa, Noche azul y Granada, piezas que inmortalizó Esther Borja. Lecuona contribuyó al desarrollo artístico de Borja y precisamente se conmemora el próximo año el aniversario 50 de su muerte. Él le compuso uno de los temas que haría famosa a la cantante, el vals Damisela encantadora.

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Lo externo, no es lo más importante

Leí una vez- no recuerdo dónde-:”La belleza interior no se encuentra en cualquier lado, sólo en el corazón de aquella persona que ama la vida”.

No importa el aspecto externo de la persona si de ella provienen buenos sentimientos, gran espiritualidad, energía, suavidad…

Los seres humanos somos complicados, siempre estamos hablando bien o mal, pensando bien o mal, vistiendo bien o mal, sin embargo en el fondo amamos- tanto los buenos como los malos- y creemos en lo bello, aún  cuando no veamos a simple vista, el corazón que tiene cualquier persona.

Ser dulce, afable, sano, divertido, elocuente o sencillo, resta y opaca los bellos ojos que podamos tener, el color del pelo o el jean, de última moda. Muchas personas llaman la atención por su sencillez, la calidez del andar y lo agradable de su presencia, no pasa por alto en cambio… quien disfruta llamar la atención con lo externo y resulta un poco desagradable para muchos, porque generalmente las personas “pacotilleras y narcisistas”, no hablan bien, son vacías de mente y sentimientos, y les gusta llamar la atención precisamente por esos “atributos”.

Este siglo lleno de tecnologías e informática, trae el aparentar ser bello por todas las cosas materiales que se tienen, el egoísmo y la envidia.
Ser de los que abogan por la sencillez y lo natural, es más sabio y nos ayuda a ser conscientes de dónde somos, qué somos y cómo vivimos.

El valor de una persona está en todo lo que resguarda por dentro como amigo, hermano, compañero… su valor está en darnos cuenta, qué abanico de cosas buenas y bellas nos trae, aunque su aspecto exterior no sea el mejor.

No es la piel, la ropa, el alcance monetario o la profesión lo que nos hace mejores, es lo que tenemos dentro para dar con gusto.

La solidaridad, principal arma contra la indolencia

Una amiga se queja de las manifestaciones de indolencia de su hijo adolescente, quien se niega a asumir determinadas responsabilidades relacionadas con la cooperación en la casa.

Al indagar sobre este tema muchos especialistas califican la indolencia como un anti valor que por un lado significa flojera, pereza o haraganería, y por el otro, indica insensibilidad y el no conmoverse ante el dolor propio o de terceros. Desde un punto de vista psicológico, una persona indolente describe a quien no se afecta o conmueve ante el dolor. La indolencia social incluye ser indiferente ante el sufrimiento de una o más personas o de una comunidad. El indolente es una persona egoísta por naturaleza, generalmente inescrupulosa, superficial. No reacciona ante calamidades y tragedias, no piensa en sus semejantes y se concentra en sí misma. Este comportamiento le permite no sentir remordimientos, recatos ni consideraciones con otros.

Entre los indolentes pululan los fríos y calculadores y los indiferentes y apáticos. Los indolentes normalmente terminan solos y abandonados.

Se puede comenzar a dejar de ser indolente adhiriéndose a alguna causa común con miembros de su comunidad, participando en apoyo y respaldo en distintos eventos, siendo solidarios con las personas cercanas y con la comunidad en donde se viva. El conocer los problemas de otros, aportar soluciones o colaborar con ello, poco a poco, despertará el interés y en algún momento la indolencia dará paso a la sensibilidad y el entusiasmo.

El valor de la solidaridad se manifiesta en reconocer en el bien común, el sentido de una vida exitosa para todos. Desde el punto de vista psicológico  es una actitud y un comportamiento; una actitud porque nos inclina a responder favorablemente a las necesidades de nuestro grupo, de nuestro prójimo y una forma de conducta cuando se concretiza en acciones. Implica sentirse afectado por las necesidades de los otros como si fueran propias.

La solidaridad, como cualquier valor también tiene un componente afectivo, pues no es el cumplimiento forzado o frío del deber, sino el afán de ayudar y participar para alcanzar una meta. Tiene que ver mucho con el liderazgo y la inspiración; cuando alguien se convence y actúa, los demás lo siguen. Los planes de trabajo, aún en la familia requieren del liderazgo y el ejemplo de los padres.

Espero que estos consejos sirvan a la amiga que indagó preocupada por la conducta indolente de su hijo. Recuerde que es necesario trabajar para educar y educarnos en la virtud solidaria, distintiva de la comunidad humana, reconociendo que moralmente es necesario dar mayor peso a este comportamiento de apoyo a los demás, sin descuidar a nuestra propia persona.

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