Se abre un telón imaginario. Una luz tenue pasea por el tabloncillo de madera. El escenario está listo. Los títeres cobran vida detrás de las diferentes áreas. Allí, escondidos aún, esperan el momento justo para hacer reír, llorar, aplaudir, sentir.
Nace la expectativa de quienes hemos crecido bajo el hechizo del teatro guiñol. La magia se apodera de un pequeño espacio de San Antonio de los Baños: la tierra que fue cuna de “Los Cuenteros” hace ya cinco décadas.
Comienza la obra. Silencio. Las miradas fijas en los diferentes elementos, que bien organizados y coloridos recrean un campo cubano, con su casita de madera, su antena de bandeja de aluminio, un pozo, árboles y mariposas. La cubanía, la leyenda, los mitos, el choteo, la idiosincracia que nos distingue, el vocabulario de los “guajiros”. Todo va enlazado con la mayor delicadeza para ofrecer al público el estreno mundial de Cyrano y la Madre de Agua.
Es el colofón, el broche de oro, la esencia que resume el empeño, el talento y la pasión de los últimos cincuenta años en la historia del teatro de títeres en Cuba. Los Cuenteros festejan una larga trayectoria en los escenarios cubanos e internacionales, con este hermoso texto del matancero Ulises Rodríguez Febles, quien además constituye uno de los dramaturgos contemporáneos más premiados en teatro para niños, adultos y narrativa.
La puesta en escena de Malawy Capote, con el diseño y construcción de Gilberto Perdomo, regala a los pequeños y grandes la maestría al manipular los títeres de guante, con el corazón, en el lugar de las manos, allí detrás donde nadie las ve, para concebir la magia que del otro lado se disfruta.
Un excelente empleo de los efectos de sonido, el costumbrismo de la Cuba campestre, el acento, “La Tulibamba” como tonada, el poderío de las voces de los actores, provocan sentimientos profundos en todo aquel que se disponga a viajar desde su asiento, durante aproximadamente 45 minutos.
Pero no sólo “la piel de gallina” gracias a la sensibilidad que transmite, da fe de la grandeza de Cyrano y la Madre del Agua. No. También brinda la posibilidad de reír ante las locuras de una historia bien hilvanada, correctamente interpretada, con una curva dramática que fluctúa intencionalmente en los momentos de tensión como en los de humor, y hace que nuestro cuerpo sea también un vaivén de emociones.
Por eso en esta presentación vale destacar el empleo de la música en función emotiva, y los fragmentos de “Guajiro Natural”, nombre con el que también se conoció a nuestro Polo Montañez.
Federico García Lorca expresó: “El teatro es poesía que sale del libro para hacerse humana.” Así, estos personajes abandonaron sus páginas escritas en 1998, para regalar pinceladas de valores, de cómo levantar la autoestima y hacer frente a las burlas o críticas sociales, de la valentía de un niño al que le deja de importar su nariz larga al convertirse en héroe, de cómo respetar a los mayores y hablar en voz baja por educación.
Llega Cyrano y la Madre de Agua a un San Antonio de los Baños, a un 2019, con la valentía de quien rinde homenaje a las leyendas, a la historia local, al Ojo de Agua, a un mito de los campos cubanos convertido en mujer, que atrae con su belleza a cualquier curioso. Y es así que entretener, inculcar valores, recrear una historia a través de hilos, guantes, manos y guías no deja de atrapar a cualquiera que ponga sus cinco sentidos en esta obra.
Pienso... cuando una obra teatral infantil hace sentir a un adulto que sigue siendo niño, ha logrado su cometido. Yo, que crecí con estas actuaciones, que a veces siento que he perdido el sentido del humor ante la premura y el ajetreo de la cotidianidad, reviví a aquella niña que no dejó de soñar. Mientras, me dejaba envolver por la música potente, por aquellas burbujas y serpientes gigantes, los sombreros de yarey, los rolos y el pañuelo de cabeza, por las flores y plantas que se marchitaban y revivían ante mis ojos, que no pudieron disimular el asombro, cual si observara un verdadero truco de magia.
Pero quiero creer -después de esta obra- que la magia sí existe. Más aún si viene de seres que aman su trabajo. La magia existe, como existe el talento y la entrega de los padres fundadores, de los que estuvieron, de los que ahora están.
Contando cuentos y reflejando realidades llegan estos apasionados hasta el proscenio. Bien cerquita del público hacen la reverencia y baja el telón imaginario, dejándonos como último recuerdo una sonrisa, un gesto de agradecimiento, y a fondo, el impresionante compás de los aplausos.

