La mañana de la Santa Ana, aquel 26 de julio de 1953, vaticinaba una página heroica, y a la vez dolorosa de nuestra historia. En esa fecha, numerosos jóvenes revolucionarios cayeron durante los asaltos a los cuarteles Guillermón Moncada de Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo.
Artemisa, entregó a esa causa una veintena de sus mejores hijos. Uno de ellos fue Carmelo Noa Gil, quien estaba convencido que el destino de Cuba no podía quedar en manos de un tirano; y de forma clandestina se dispuso a enfrentarlo. La finca de Capellanías se convirtió en uno de los escenarios más utilizados por Carmelo, Julito Díaz, Ciro Redondo, Pepe Suárez y otros artemiseños para la práctica de tiros como parte del entrenamiento de los futuros combatientes.
Dos días antes de las acciones del 26 de julio de 1953, Carmelo solicitó en la vaquería donde trabajaba, unos días libres porque iba a salir del pueblo. Con su andar más de prisa que de costumbre, se despidió de su madre y salió de la casa con destino a la ciudad de Santiago de Cuba, sin saber que sería la última vez que vería a su familia.
Por su coraje y puntería precisa, fue uno de los revolucionarios seleccionados para tomar la posta tres, en el asalto al cuartel Moncada.
Cumplió la palabra empeñada:” …cuando suene el primer tiro, allí estaré yo”, porque vio en la lucha armada la solución apremiante para los males de la república.
Con solo 27 años definió su vida a favor de la Patria, y cayó en el cumplimiento de la misión más difícil del ataque, la cual llevó a cabo, respondiendo a la confianza que en él depositó Fidel. Carmelo Noa Gil, era noble de carácter y firme de convicción, a pesar de su juventud. Había expresado a su madre el deseo de que cuando le tocara morir lo enterraran donde mismo está sepultado Martí.
Como lo pidió, su cadáver descansó a unos pasos del mausoleo que guardan los restos del Apóstol, en la necrópolis de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba; hasta que se construyó el Mausoleo a los Mártires de Artemisa. El asalto al cuartel Moncada, lo que muchos creyeron un fracaso, se convirtió en inspiración para continuar la lucha; y Carmelo Noa Gil fue uno de los artemiseños que honraron con su sangre la bandera cubana.

