En Cuba el desarrollo de una agricultura sostenible hace mucho dejó de ser una utopía, aun cuando reconocemos que se debe estimular mucho más. El movimiento cooperativo agrícola se ha hecho fuerte para que “lo natural” también aporte a la calidad de las producciones, abriendo las puertas a la sostenibilidad ambiental, el equilibrio del ecosistema que la soporta y la propia salud humana y animal.
Años atrás hablar de agroecología estaba distante de la realidad del campesino; hoy son incontables las estrategias que se ponen en práctica pues los resultados de su aplicación avalan su impacto en el Programa de la Agricultura Urbana y Suburbana y otros movimientos que impulsa la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP). Ahora todo tiene una explicación, más allá de las cuestiones heredadas que también sirven para entender el trabajo en el campo.
La agricultura sostenible siempre va a favor del aumento de la producción, la productividad de los agricultores y el fortalecimiento de las medianas empresas, las fincas y la expresión del potencial genético. Prácticas necesarias cambian las ambiguas concepciones a partir de estrategias como la diversificación de las cosechas y la rotación de cultivos; a conservación del suelo y del agua; la investigación y el uso de herbicidas, pesticidas y fertilizantes no químicos, que no dañen el equilibrio del suelo y permitan altos niveles de rendimiento; las técnicas que permiten reducir o eliminar el uso de combustibles fósiles; el uso de residuos y desechos dentro del sistema de producción alimentaria para reciclar los nutrientes minerales, para evitar los fertilizantes químicos; la investigación y aplicación de técnicas agrícolas sostenibles, ecológicas y de bajo coste; el tratamiento más humano de los animales y los programas educativos para informar y educar a los consumidores sobre los beneficios de los alimentos producidos orgánicamente.
Como se ha conocido la agroecología promueve el desarrollo de producción sana y segura de los alimentos. En la fertilidad y el tratamiento de los suelos está el cimiento de una buena producción, reduciendo el uso de abonos químicos o plaguicidas que disminuyen los rendimientos de los cultivos a mediano plazo. Si la producción parte de lo saludable, lo orgánico, lo natural, eso será lo que recibirá la salud de los humanos.
La ANAP y el resto de los movimientos encargados de constatar el avance de la agroecología deben insistir en su aplicación como una alternativa ante el cambio climático. Llevar al campo inteligencia y nuevas formas de hacer también serán pertinentes porque es allí donde crece la vida, en todos los sentidos.


