
Inspira el Día del Bibliotecario en Cuba (7 de junio), el natalicio de Antonio Bachiller y Morales (1812-1889).
Padre de nuestra bibliografía, a quien Martí calificó como “caballero cubano, americano apasionado, cronista ejemplar, filólogo experto, arqueólogo famoso, filósofo asiduo, maestro amable, abogado justo, literato diligente y orgullo de Cuba". Aportó al estudio de las culturas de América precolombina, de las letras, la educación y el desarrollo socioeconómico (agricultura, comercio y problemas de la trata). Publicó en la mayoría de la prensa cubana y de Estados Unidos, a donde tuvo que emigrar (1869-1878) por huir de la represión colonial.
Sabiduría y conciencia consagran al libro, y aún es así, pese a que se anuncia, desde fines del siglo pasado con mucha insistencia, la muerte del libro, -al menos, en la forma y materiales en lo concibió Gutenberg.
El drama es complejo y contradictorio: vertiginoso crecimiento de la computación, sus redes y variados soportes (laptop, tabletas, móviles, e-books, etc), el encarecimiento de materias primas y equipos de impresión tradicional (papel, rotativas…), multitud de bibliotecas virtuales que ofrecen descargas gratuitas desde cualquier latitud y librerías on-line que venden por “dos denarios” todas las novedades.
Nunca la socialización del libro llegó a tal magnitud -y caos, según declaran los consorcios editoriales, haciendo creer la crisis de sus dominios y enormes ganancias.
Sin embargo, sus jugosos beneficios en títulos dedicados a la educación general, estudios universitarios y profesionales, por solo mencionar algunos, siguen multiplicándose en secreto.
También las empresas fingen defender a los autores frente a la marea de plagios y “corta-y-pega” de la tecnología digital. En realidad, se ha comprobado que proletarizan y explotan más a los autores con contratos leoninos que prometen salvarlos de la piratería.
Este dilema amenaza las bibliotecas, templos que multiplican saber, modelos de ultraísmo y desinterés mercantil. Amparados en esa “verdad”, los gobiernos y programas neoliberales dan la espalda a las bibliotecas. En Estados Unidos, 438 grandes ciudades amenazan cerrar sus bibliotecas públicas. Recortes de personal, horario de funcionamiento y presupuesto, no incremento de fondos, descuido de colecciones patrimoniales, etc (sin contar la vigilancia sobre lo que lee el usuario).
El desarrollo de una nueva tecnología se cree como inexorable extinción de todo lo anterior. Es ahí donde el libro resulta más necesario. Estudiar lo que ocurrió en el mundo con el nacimiento de la fotografía, el cine, el disco o la televisión -que no liquidaron la pintura ni el teatro, ni los conciertos en vivo ni al propio cine-, resultaría un rotundo mentís a ese apocalipsis.
Las nuevas tecnologías jamás han declarado la muerte de la tradición: la reacomodan, la precisan, la profundizan y amplían hacia otros horizontes, en sucesivos esfuerzos creativos que finalmente la enriquecen. Las bibliotecas, con sus colecciones venerables, sus testimonios del desarrollo social y sus archivos de documentos históricos (que tanta urgencia tienen en Artemisa), seguirán existiendo por útiles. Y las bibliotecarias y bibliotecarios, por ser sus verdaderos edificios, persistirán por necesarios.

