Arrullo de amor

Tal vez me tildes de embustera si te digo que con tan solo 10 semanas de vida sentía tus caricias y tus arrullos en la pancita que para ese tiempo me quedaba muy grande aún. Siempre supe que yo era tuya y que tú serías también solo para mí.

Recuerdo tu cara cuando el médico dijo en la florecida mañana de abril, que era una niña y que le preguntaste a la abuela cómo te las arreglarías para peinarme. Y lo confieso: nunca se te dio muy bien, pero me encantaban tus dedos desenredando una y otra vez mi cabello.

Crecí y crecí durante nueve meses y cada vez me sentía más feliz cuando me decías que pronto nos veríamos, sabía que te reconocería al momento. ¡Y no te rías, no digo mentiras y eso tú lo sabes¡ Siempre te sentí, siempre te escuché, desde que apartaste para mí un espacio en tu vientre y te aseguraste de regalarme todo el corazón.

Nací y continué el camino contigo, ese mismo que hoy a 28 años de la fecha por suerte, seguimos desafiando juntas, muy juntas. A veces no entendía tus regaños y me molestaba, también sentía pena por hacerte enojar y solo podía llorar y disculparme. Y en ocasiones, como esta, solo podía gritarle al mundo que tengo la mejor madre de la tierra.

Porque me amas, porque no te importó ponerte más gorda mientras me cargabas en la barriga y muy flaca cuando me llevabas en los brazos. Porque lloraste conmigo cuando se me desprendió el primer diente y cuando de pronto me caí y me supe levantar solo con un dedo tuyo. Como olvidar que hasta ajustaste tus ropas para mí, cuando no aparecía nada en aquel período especial, para disfrazarme y jugar a ser princesa, reina de Egipto y ninja china.  

Tengo la mejor madre del mundo porque todavía me mimas, me cuidas y me celas. Y porque ni las siete maravillas se comparan con tu amor, único, sutil y suave como la brisa más leve.


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