Andy tiene tan solo nueve años de edad. Es un niño magnifico. Asegura su mamá, quien se enorgullece de que su hijo sepa de memoria los textos de Bob Esponja, esa serie televisiva animada, llegada desde muy lejos y que en gran medida difiere con las raíces socioculturales de nuestra nación.
Y es que Andy con tan solo nueve años y creo que se hace necesario recalcarlo, sabe conectarse con el celular de su mamá, en las redes sociales. Y descarga cualquier video que se le ocurre y visita sitios digitales sin la supervisión de un adulto y sabe contar hasta el 16 en inglés y a la guagua la llama autobús y al pan con jamón, superburgue, igual que Bob, su personaje favorito.
Recientemente Andy y su mamá viajaron desde San Antonio de los Baños hasta el Morro Cabaña, en la capital, y visitaron la Feria Internacional de Libro ¿las compras? Terminaron en una mochila del ya mencionado en varias ocasiones en este comentario: Bob Esponja y lápices y llaveros, un pomo para el agua, un collar y hasta una bufanda del mismo muñeco. Además, dedicaron casi toda la tarde a descargar juegos, también del viejo Bob y su amigo Patricio, que en la feria resultó gratis. ¿Qué si compraron libros? No, que va, los libros ya no hacen falta, basta con la computadora y el teléfono, los dos con Internet.
Y aquí es cuando verdaderamente comienza mi comentario. Es cierto que en estos tiempos la informatización de la sociedad resulta un privilegio, pero ¿dónde quedan la lectura y el libro como fuentes de valor incalculable?
Nuestro Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, expresó que la informatización de la sociedad cubana ya es una realidad, es un proceso que avanza paso a paso. Sobre este proceso, señaló, debe ser visto como algo transversal a todos los aspectos económicos, ideológicos y sociales del país.
Pero cuidado esto no quiere decir que se remplace todo lo viejo en cuanto a materia educacional, cultural y social. Esto no quiere decir que se obvie la lectura y digo la lectura con el libro en la mano, con el tacto de las hojas, con el olor a papel, con el peso de las páginas acumuladas en una sola historia. Reconozco que muchas veces el libro físicamente no está y entonces vamos a la biblioteca virtual de nuestro teléfono y de forma organizada encontramos toda la bibliografía por ejemplo de Honoré de Balzac, y al fin puedes leer a este grande del que por mucho tiempo te han hablado y no habías podido saborear sus palabras.
Eso está bien, pero a lo que me refería al principio de mi comentario es que resulta inaudito que se le encuentren suplentes al libro y a la lectura cuando no los tienen, ni siquiera con la nueva informatización de la sociedad. Resulta hasta lastimoso, ver tantas personas con acceso a internet y que solo busquen los últimos videos de Bad Bunny, o el capítulo más reciente de un serial mexicano.
Y no hablo de gustos, cada cual tiene sus preferencias, pero aprovechemos las posibilidades y agotemos las fuentes y conozcamos más de la historia del cine cubano, del teatro, del ballet, de nuestra cultura. Y a la par, junto al móvil o la computadora, un buen libro. Un libro que resulte nuestro confidente, un libro que nos abrace hasta el sueño, un libro que pueda ser compartido con tus amigos, con tus padres y con tu hijo, que aconsejo, no le propicies el mismo presente de Andy, el niño de nueve años que tan solo toma los libros en la mano, con sus maestras, para hacer una tarea en la clase.

