
Uno de los mejores momentos que enfrenta el estudiante de preuniversitario es el de alcanzar el pase directo a esa carrera o especialidad de la enseñanza superior que siempre soñó. Hay quienes prefieren ser médicos, maestros, comunicadores, ingenieros… todo se vuelve como la gran fiesta del triunfo tras concluir satisfactoriamente los exámenes de ingreso.
Pero qué tantas cuestiones se encuentran involucradas desde el primer día para llegar a la meta, cómo asumir cada cual el rol que le corresponde y cuáles serían los resultados si no le prestáramos la importancia a tan importante etapa. Creo que muchos conocen al respecto porque de una u otra forma hemos sido diana de esas pruebas que nos dejan sin dormir, nos apartan de la pareja, la familia e incluso del mundo. Estudiar es el propósito uno. Buscamos la bibliografía, escuchamos criterios y contestamos cuantas convocatorias de años anteriores existan.
A veces se torna un poco difícil para los miembros de esa familia, el claustro de profesores y el mismo estudiante. Saben que se requiere de un esfuerzo sobrenatural y que un fallo puede desencadenar en molestias, insatisfacción y desventaja. En Cuba, a medida que pasan los años, estos exámenes son el ejemplo total de transparencia, oportunidades, así como voluntad del sector de la Educación por garantizar la continuidad de estudios de los más jóvenes.
Desde el décimo grado las teleclases, las tareas individuales, los libros y el acompañamiento de especialistas van labrando el camino que luego ofrecerá beneficios y servicios al resto de la comunidad. Por tal motivo, es una victoria contundente de la escuela que se presenten a los exámenes la mayor cantidad de alumnos posibles, y luego es responsabilidad de este último aprovechar cada recurso material, espiritual y cognoscitivo a su disposición sin apenas abonar un centavo.
Es cierto que si lo dejamos todo para el final pues se vuelve más engorroso el estudio. Por eso, el apoyo de los padres, la concientización individual de porqué superarse, la participación de profesores en las aulas y el hecho de convertirse en caudales llenos de sabiduría nos dirigirán por el rumbo correcto. Hay quienes temen a las matemáticas, a las cronologías de los hechos históricos o a las faltas ortográficas, pero pienso que si de dificultad se tratara lo más difícil sería decidirse y apostar por el futuro.
La universidad está ahí esperando cada año a los valientes que desde el primer día asumen con entrega su preparación para después de tanto esfuerzo ocupar uno de sus pupitres. Este es el momento de crecerse, de enfrentar cuanto teorema, suceso o regla existan. Este es el tiempo de ir por más y demostrar que sí se puede alcanzar ese título que por toda la vida le definirá como un hombre culto.