He leído datos escalofriantes: desde el espacio puede verse una isla de pomos plásticos que flota en el océano Pacífico. Seguramente cada cual tomó su refresco, usó el champú o el aceite y lanzó la botella por la ventana.
Un plástico cualquier, en tierra o mar, -afirman los científicos- puede durar más de 100 años antes de disolverse. Sin embargo, -continúan los científicos-, sus partículas fantasmas siguen en la savia de los vegetales y la sangre de los animales para convertirse en enfermedades y malformaciones.
Como promedio, un cubano “produce” un kilogramo (2.205 libras) de basura al día. No será desde el cosmos que se vean los campos de nylon que tenemos en algunos municipios de Artemisa, ni las calles cuajadas de basura en otros, ni los vertederos clandestinos en las carreteras, ni los “tiraderos de Mamá Lucinda como aquella telenovela brasileña” que amanecen de repente en cualquier esquina.
Los científicos no sabrán que mi vecino tira la jaba de desperdicios cuando llueve para que corra calle abajo, ni que mi vecina limpia los ceniceros en medio de vía pública.
No serán datos de ningún informe, pero sí, daños que enviamos a nuestros tataranietos desde hoy.

