Mascarilla mortuoria del poeta y revolucionario Rubén Martínez Villena.Desde el balcón de la Liga Antimperialista, en las calles Reina y Escobar, con motivo del entierro de las cenizas de Mella, Villena habló por última vez a las masas. La enfermedad le había estrangulado la voz, por lo que sus palabras fueron breves y apenas escuchadas.
“Camaradas: Estamos aquí para tributar el homenaje merecido a Julio Antonio Mella, inolvidable para nosotros. Entregó su juventud, su inteligencia, todo su esfuerzo y todo el esplendor de su vida a las causas de los pobres del mundo, de los explotados, de los humillados… Estamos aquí porque tenemos el deber de imitarlo, de seguir sus impulsos, de vibrar al calor de su generoso corazón”.
Como una llama al viento se apagó la vida luminosa del poeta de la Pupila Insomne. Era la noche clara y fría del 16 de enero de 1934. Reposaba solo y casi dormía por los medicamentos suministrados por el doctor Gustavo Aldereguía Lima. Unas horas antes su médico y amigo le había auscultado en su pecho silbante, la presencia invisible de la muerte. Murió tranquilo, sin una contracción. A la mañana siguiente la noticia se propagó por toda La Habana: Rubén había muerto. Aquel trágico día de enero de 1934 el Sanatorio La Esperanza vio salir por su pórtico, definitivamente rota, la esperanza más alta y más noble de la juventud cubana. Su cadáver fue tendido en la Sociedad de Torcedores.
Grandes masas de obreros y campesinos desfilaron delante del féretro con el cuerpo inerte de Rubén Martínez Villena. Con sus puños en alto, decenas de hombres humildes le hicieron guardia de honor. Allí estuvo Asela Jiménez, la esposa amada con amor exclusivo, la solícita e infatigable compañera de lucha, acompañada por familiares y amigos. Miles de obreros y estudiantes escoltaron a pie el cadáver, envuelto en la bandera roja de la hoz y el martillo. Sobre su tumba llovieron las rosas y la esperanza de un mundo mejor flameó en los discursos de Leonardo Fernández y Juan Marinello. Era el tributo obligado a su juventud arrebatada y generosa, a su sacrificio y abnegación, a su vida, que había sido hoguera y fuente.