A mi maestra de primer grado

Ana María Gil Morales. Foto: Adian AcevedoAna María Gil Morales. Foto: Adian AcevedoAna es un nombre común. Pero si se combina con educación, enseñanza, experiencia… se completa: Ana María Gil Morales. Se trata de mi maestra de primer grado.

Recuerdo aquel día de septiembre, justo cuando comenzaba el primer ciclo de la enseñanza primaria y mi mamá insistió en que Ana fuera mi maestra. Para mi beneplácito así fue. Durante cuatro años pude beber de los conocimientos que los escolares de primero a cuarto deben poseer.

Mi memoria todavía resguarda las clases de Ana María. Recuerdo mi aula de primer grado; la pizarra, llena de tarjetas, el lugar que ocupaba en la hilera del centro, casi al final, hasta donde llegaba mi maestra para comprobar cómo había escrito las palabras o calculado el ejercicio.

Puedo sentirme dichoso. Por muchos años estuve ligado a ella. Puedo asegurar que a su lado nació mi interés -que luego se convirtió en vocación- por el arte de enseñar. Con Ana di mis primeros pasos como maestro, realicé las primeras prácticas profesionales y me sentí protegido porque, como antes, sabía que ahí estaba ante cualquier duda.

Tuve el placer de trabajar durante años en aquella aula donde junto a Ana me adentré en el mundo de las letras y los números. Conté con ella y nos apoyamos mutuamente, ya como compañeros de trabajo. ¡Cuánto orgullo siento de mi maestra, la de primer grado, la que pocos olvidan! Así me sucedió y considero que como yo hay muchos que han pasado por sus ´´manos ´´; ahí en su escuela, en Domingo Lence, la misma que por muchos años la hace suya.

Aunque dice que ya es el último curso, que las cosas no son como antes, sigue, porque ahí está la razón de su ser. Qué coincidencia, justo cuando tengo la oportunidad de escribir sobre mi maestra, nuevamente imparte el primer grado, tan importante para cada infante que comienza su vida escolar. Dichosos esos pequeños que hoy disfrutan de la maestra que por años fue mía.