Son las seis de la mañana y está listo para salir. Su antigua bicicleta es el transporte que no condiciona paradas, semáforos y mucho menos combustible. Un casco blanco, la mochila llena del extraño polvo y el lápiz en el bolsillo son suficiente para convertir “la nada” en “lo maravilloso”.
Hay quienes dicen que no conocen su nombre, jamás lo han visto conversar con sus vecinos, otros le llaman viejo decrépito por el silencio de sus días, pero quiero llegar a él. Me interesa saber a qué se dedica, cuáles son las alegrías de sus jornadas, a dónde va desde temprano. Cuando comenté la idea de visitarlo, algunos la calificaron de absurda, pero aun así estaba decidido: ¡Necesito saber sobre ese hombre! - dije aquella tarde idéntica a la de hoy 5 de diciembre.
Esa casa parecía un palacio: columnas por todas partes, cristales adornando las ventanas, figuras hechas de cemento y sacos rellenos de arena y piedras que resguardaban las inmediaciones del lugar. Dos toques a la puerta fueron suficientes. De repente apareció el señor de la bicicleta que entraba y salía sin apuros diciendo - ¿Cómo puedo ayudarlo?
Mis palabras se dividieron en silabas. El vecino “extraño”, al que le inventaron cientos nombres: Ramón, Juan, Esteban, Heriberto… era la persona más serena del mundo. Me invitó a pasar y me ofreció algo de té – yo como siempre: tan oportuno.
¿No hablas? - preguntó mientras colocaba la taza vacía en la mesa del comedor. Sí-respondí y en cuestiones de segundo comencé a indagar sobre su vida. ¡Qué cosas! Su nombre es Félix; tiene sesenta años y es constructor. Llamó esposa a la gigantesca caja de herramientas y de la familia solo recuerda a sus padres, que de pequeño –sin proponérselo- lo abandonaron para emprender un viaje al mundo en el cual Félix dice no ser útil: el cielo.
Él fue el constructor de mi escuela, la más pequeña del pueblo; también construyó el consultorio de la doctora Zenaida y regaló vida al antiguo teatro que visito desde niño. Este hombre es parte de nosotros porque en mi escuela, que es tan suya, aprendí a leer y escribir. Mis heridas, raspones y chichones de portarme “tan bien”, se curaron en ese sitio de entero cariño. Asimismo, me asalta la añoranza cuando camino cerca del oscuro teatro donde actuábamos y los payasos divertían cada fin de semana. La fuerza de sus manos, la inteligencia y la pícara manera de hacer otra de las artes, nos conecta sin darnos cuenta.
Ahora entiendo el porqué de los silencios, del sacrificio que asume antes de salir el sol, de la soledad que no lo hiere, pero mortifica, del casco blanco y de la bicicleta. Él, como tú y como yo, tiene su historia. Valió la pena llamar a su puerta. Si me hubiese arrepentido, hoy 5 de diciembre no comprendería su grandeza, porque Félix, el viejo del barrio, es un constructor de sueños.