Una queja general es que no hay o hay muy poca promoción cultural. Sin embargo, no creo que exista otra labor humana más promocionada y difundida en los medios de comunicación masiva que el arte y la cultura.
Las modernas redes digitales, la radio, la TV y la prensa escrita ofrecen a toda hora un torrente de información sobre el acontecer artístico-cultural, no solo en Cuba, sino en el mundo.
Pero la culpa por los espacios vacíos o el poco público en las actividades no cae al suelo. Se olvida un importante grupo de factores que condicionan el éxito del evento cultural: la intencionalidad del programa, su ubicación en el mejor lugar, horario y día de la semana, el segmento de público potencialmente interesado y la forma de extenderlo a otros sectores, la calidad y variedad del elenco, y de qué modo participa e interactúa con el público, entre otros factores.
Hay uno, sin embargo, que suele tener una alta incidencia en la “maldita culpa” de la promoción y es cómo se recepciona la información y cómo se emite.
No se trata solamente de hacer carteles y pegarlos en medio pueblo, repetirlo en la radio, avisar en el boletín y el periódico o que aparezca en el lejano telecentro.
Si no tocamos algunas puertas, conversamos con los niños en el receso, echamos a rodar la invitación de boca en boca; si falta amenidad, originalidad y encantamiento cuando se dice, nuestro esfuerzo y los recursos empleados (artísticos y materiales) quedarán en la indiferencia.
A veces un “Ven con nosotros a la actividad”, vale más que una lluvia de carteles. Y no se busque más culpable.

