Una verdad que estremece al mundo: La historia me absolverá

El 16 de octubre de 1953, se celebra el juicio contra Fidel Castro, en la sala de estudios de las enfermeras en el Hospital Civil, Santiago de Cuba.

 

Fidel asume su propia defensa y pronuncia su conocido alegato “La Historia me Absolverá”, en el que denuncia los crímenes cometidos contra los asaltantes a los cuarteles “Moncada” y “Carlos Manuel de Céspedes” y la ilegalidad del régimen de Batista, justifica la acción armada para derrocarlo y expone su programa político-revolucionario.

 

Como el más trascendental juicio por los sucesos del ataque al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba se conoce la autodefensa del principal acusado Fidel Castro, ocurrida aquel 16 de octubre de 1953. Con el propósito de acallar su voz, improvisaron un tribunal en la salita de enfermeras del hospital Saturnino Lora, de Santiago de Cuba, donde el régimen de Fulgencio Batista pretendió acorralar a la justicia.

 

Fidel Castro comparece -aquel histórico día-, decisión que asume ante las arbitrariedades cometidas contra su proceso judicial que incluía la negativa a la entrevista con su abogado, la visita de su hijo pequeño y hasta su eliminación física.

 

Al asumir su propia defensa, lo hacía esgrimiendo el sabio aforismo de José de la Luz y Caballero: ”Sólo la verdad nos pondrá la toga viril”.

Durante dos horas, se impuso la verdad frente a tanta ignominia, el jefe de las acciones del 26 de Julio, desenmascaró las mentiras, puso al desnudo la terrible situación del pueblo cubano y dio a conocer las medidas de beneficio que se pondrían en práctica después del triunfo de la Revolución y que se incluían en el programa del Moncada.

 

Fidel, en su alegato, destruyó las mentiras y calumnias de los representantes de la tiranía, denunció los crímenes y torturas contra los asaltantes, puso al desnudo la inconstitucionalidad del gobierno batistiano y argumentó el derecho del pueblo a rebelarse contra ese oprobio. Con claridad, expuso los males políticos, económicos y sociales que padecía el país, a la vez que enumeró las principales medidas que adoptaría la revolución triunfante, con definidos objetivos conocidos más tarde como El Programa del Moncada, una estrategia del proceso revolucionario para lograr una sociedad mejor.

 

Terminado el acto de auto defensa de Fidel, vino la sentencia, prefabricada por la tiranía y sus cómplices. Así definiría la periodista Marta Rojas aquel dramático momento: “La deliberación del tribunal, instalado en la salita del hospital civil, duró unos minutos solamente. Los magistrados y el fiscal hablaron entre sí en voz baja, más bien parecía que murmuraban, hasta pronunciar la sentencia: -De acuerdo con la solicitud del señor fiscal este tribunal le ha impuesto 15 años de prisión... ha concluido el juicio”.

 

Los esbirros y criminales, los políticos corruptos, creyeron que ese era el sepulcro de la revolución. Pensaron que encerrando a personas, encerrarían ideas. Pero se equivocaron.

 

El 26 de julio de 1953, fue un hito en la historia cubana. Ese día marca el inicio de la última etapa de lucha de nuestro pueblo por su libertad e independencia; la concepción de la lucha armada sustituyó los gastados métodos de la politiquería. Nacía Fidel como líder indiscutible de la rebeldía, nació también el programa revolucionario y se indicó el camino para conquistarlo.

 

Fidel enarboló la justeza que le asistía a él y a sus compañeros de luchas por el derrocamiento de los ambiciosos que llegaron al poder con el golpe del 10 de marzo y demostró de manera irrefutable la injusta sanción impuesta a sus compañeros y la que pretendían imponerle a él mismo.

 

Y la historia absolvió a Fidel. Imborrable resulta la magistral exposición del derecho a la rebelión contra el despotismo reconocido desde la más lejana antigüedad por hombres de todas las doctrinas, ideas y creencias.

 

La lectura de “La Historia me Absolverá” -libro devenido documento histórico no solo para los cubanos y cubanas de estos y todos los tiempos– descubre la esencia del programa del proceso revolucionario, que había decidido el pueblo desde el inicio mismo de nuestras luchas libertarias; es acicate además para el resto de los pueblos que aún aspiran a un mundo mejor.


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