Herminio Almendros
No importa el paso del tiempo para la obra de Herminio Almendros, Oros Viejos sigue de mano en mano, con ese sabor delicioso de transitar por las páginas de un libro que abre las puertas de la imaginación de los niños y resulta una valiosa herramienta para los padres si de educar y desarrollar el gusto por la lectura hablamos.
Con sabiduría, buen manejo del lenguaje y una necesidad de educar... todo eso y más se conjugaba en el carácter y la personalidad de un humilde maestro que da lecciones para todos los tiempos. Fue mucho más que pedagogo, escritor y promotor cultural. Su exquisita labor intelectual y sus valores éticos lo proyectan en su justa, exacta dimensión de hombre íntegro y creador pleno.
Vivió en Cuba y desarrolló la mayor parte de su abundante producción intelectual y accionar docente. Tuvo una vida azarosa, pero apasionante. También aparecieron libros que una y otra vez han acompañado la formación cultural, moral y humana de varias generaciones como son Había una vez (1946), 30 escenas de animales (1951), Lecturas ejemplares. Aventuras, realidades, fantasías (1955) y a propósito de La Edad de Oro de José Martí. Notas sobre literatura infantil (1956). Mucho antes, en 1929, se había publicado Pueblos y leyendas, rebautizado más tarde en Cuba por él como Oros Viejos, y que ha sido reeditado en varias oportunidades.
El triunfo de la Revolución marcaría un mayor reconocimiento no solo de su calidad como escritor, sino también de su ya larga trayectoria como profesor, fue autor de textos para la docencia y asesor de políticas educativas. Decidido a modernizar la pedagogía cubana, reorganizó y redactó programas de estudio, orientaciones metodológicas y textos para ser usados en las escuelas primarias. Dedicó a la educación cubana 35 años de su actividad creadora. Entre 1962 y 1967 dirigió la Editora Juvenil, y se consagró a editar y traducir numerosas obras infantiles y juveniles de la literatura universal.
Continuó su ya prolija labor como autor, con una singular biografía del Apóstol concebida para jóvenes: Nuestro Martí (1965); y otros textos no menos valiosos como Fiesta (1967) y Leer (1971). Solo la muerte frenaría las ansias de enseñar, de trabajar y de sentirse útil del incansable maestro. Una de sus últimas satisfacciones fue visitar Almansa, su tierra natal, donde recientemente bautizaron con su nombre una avenida y un preuniversitario. Falleció, sin que nadie lo esperara, el domingo 13 de octubre de 1974, en el hospital Calixto García. Herminio Almendros amó la vida, y a la infancia, como símbolo supremo. El valor literario de su obra es tal que el paso del tiempo no disminuye el atractivo e interés. De la mano del libro y gracias al hechizo del acto de leer, Almendros sigue entre nosotros.

