Ubicada en la carretera de La Salud a San Antonio de los Baños, la finca El Rosario era propiedad del criminal Esteban Ventura Novo. A inicios de 1959 la revista Bohemia publicaba la noticia de que en sus predios habían aparecido tres pozos llenos de cadáveres. El hecho no causó asombro conociendo la estela de sangre dejada por el Chacal de La Habana tras su paso por la jefatura de la policía de la capital. Ocupada por miembros del Movimiento 26 de Julio, la hacienda fue examinada minuciosamente en busca de nuevas evidencias sobre la criminalidad del esbirro.
Esteban Ventura Novo visitaba la finca El Rosario acompañado de incontables guardaespaldas y se reunía allí con destacadas figuras del régimen batistiano. Personas residentes en la zona aseguraban que Fulgencio Batista acudía frecuentemente a ese retiro campestre.
Cuando se inauguró El Rosario acudieron a la recepción Andrés Rivero Agüero y el bárbaro Pilar García. Posteriormente llegó Batista, disfrazado de obrero, en un jeep camuflajeado.
Los amigos levantaron sus copas de champán y rieron de los chistes que escenificó el jefe de Estado. La vestimenta proletaria le permitió al dictador burlar al pueblo desde Columbia hasta El Rosario. La mansión contaba con una sala monumental, de cuyos techos colgaban costosas lámparas. Poseía cámara de música, salón de bailes, sala de juegos, bar y cocina con equipos de último modelo. Los dormitorios estaban dotados de aire acondicionado y televisores de veintisiete pulgadas, incluyendo las habitaciones de los criados. Los jardines poseían piscinas, merendero, parque infantil y otros sitios de esparcimiento. Como dato curioso, más no extraño conociendo la calaña del dueño, sepa que el único libro que había en la residencia era un directorio telefónico sobre una mesita.
La finca El Rosario contaba con varias trampas para atrapar las gallinas de los vecinos, lo que explica las notables pérdidas de aves en la comarca. Habitaba en la hacienda un curioso mono que por su fiereza fue cazado a tiros. El simio era la versión cuadrúpeda de su propietario Esteban Ventura Novo. Los ocupantes de la propiedad en 1959 encontraron un variado arsenal y a los asalariados del matarife, llorando amargamente. El temblor de sus manos impedía apretar los gatillos homicidas con los que antes protegían al Chacal de La Habana.


