Impacientes esperamos muchos amantes del deporte de las multitudes el Mundial de Fútbol Rusia 2018, en esta época donde los golazos ya son parte de los que somos. Usar el uniforme del equipo preferido, llenar la casa de pancartas, buscar el sitio más alto para izar la bandera de nuestros 'siempre campeones' insisten entre las tantas complacencias que llegan unidas a eventos significativos como este.
Han pasado los días y el campo se empeña en mantener su disposición de que solo quiere un campeón. Las gradas crecen y decrecen, el rostro de la muchacha brilla con los colores de su país, el niño abraza fuertemente a su padre conmocionado con la jugada perfecta, o quizás derrotado por el error más sentido. Pero lo cierto es que nadie puede negar la pasión que se vive desde los estadios, los hogares, e incluso desde Cuba, la Isla caribeña que no tiene su representación en el magno evento deportivo y sin embargo tiene millones de hinchas demostrando su furia por las distintas regiones del mundo.
¡Y qué bueno! Los cubanos seguimos cultivando la tradición de observar desde el televisor de la cafetería, el hogar del vecino, el centro de trabajo o la pantalla gigante del teatro el partido de rivales que sucede entre tiros, pases y goles, para concluir el largo camino, donde es incierta la búsqueda del trofeo. ¿Quién ganará? La pregunta que muchos creen saber cuando lo cierto se esconde en el empeño y la confianza de esos ídolos mundiales, vitalizados en pegatinas, fotografías, llaveros, jarras o teléfonos.
Cuba siente en la piel el Mundial de Rusia 2018. Muchos de nuestros equipos se han despedido con un triste “adiós” y para completar “por decirlo de algún modo” nuestra región ya no tiene sus conjuntos, pero no muere el calor de la gente de esta geografía que con previo autorizo moral prefieren derrochar adrenalina en otros jugadores para gritar el -¡Goooool!- que con la mayor de las precisiones dispara el entusiasmo y recorre en un mismo sentido hasta la portería de la esperanza.

