Algunos historiadores sitúan la creación de los molinos de viento en Persia, en el año seiscientos. Miguel de Cervantes los inmortalizó en su obra El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, personificando en ellos a los gigantes contra los que luchaba Alonso Quijano. Hoy comentaremos la existencia de molinos en la Villa del Ariguanabo.
En San Antonio de los Baños se emplearon diversos tipos de molinos. La condición de ciudad surcada por un río, hizo que los vecinos le dieran mayor uso a los molinos movidos por el agua, que florecieron en ambas márgenes del Ariguanabo. Según los investigadores Carlos Eduardo Hernández y María Antonia Padrón, sus diseños eran diferentes y peculiares. Las casetas podían ser grandes o pequeñas, pero las ruedas tenían en común los pasos, a modo de paletas, que arremolinaban y empujaban el agua con fuerza. En el otro extremo, mediante un eje de madera, se movía en giros una piedra monolítica muy pesada, sobre otra lápida densa. Esa fricción trituraba los granos de maíz y café, procedentes de los numerosos sitios de labor de la comarca. Otras familias colocaban molinos para aprovechar el agua del río en sus labores domésticas. El constante movimiento de las ruedas de los molinos se convirtió en símbolos del florecimiento económico alcanzado por la Villa. El recurrente ir y venir de las carretas que transportaban las cosechas hasta el molino ubicado en la actual calle cincuenta y seis, hizo que esa vía se bautizara como Calle de los Molinos.
Para los molineros resultaba de vital importancia que las aguas del Ariguanabo se mantuvieran limpias y cristalinas, pues así evitaban que las crecidas del río dañaran sus equipos. Cuenta la leyenda que con ese objetivo se comenzaron a hacer ofrendas a las deidades de las aguas para apaciguarlas y alejar de la Villa las crecidas. En la segunda mitad del siglo diecinueve desaparecieron la mayoría de los molinos, pero solo dos perduraron hasta el siglo veinte. Uno fue demolido por el ciclón de 1906 y el otro, destinado a mover una torrefactora de café, permaneció hasta 1930.


