El verano arde

El impacto real de la cultura está en la programación. Pensar solo en qué se venderá (ron, cerveza o productos de cuentapropistas), sino en qué objetivos se cumplirán, qué público participará, cuáles son sus intereses, cómo elevarlos a otra dimensión y qué repercusión tendrá para todos, son preocupaciones que para muchos trae el verano.

Los programas recreativo-culturales  del verano ponen sobre la mesa las experiencias de cada cual en torno a la playa, la discoteca, los festejos populares, los bailes en La Placita o la feria de la Calle Ancha.

Estas actividades tiene en la infancia y la adolescencia el destino más importante y complejo. Muchas veces se llena el vacío con cualquier “cosa” y nos pasma que al lado de una pipa de cerveza, estén los carritos de alquiler, la estrella y el tío-vivo. O que los vecinos, lejos de alegrarse, quieran ver la fiesta a mil kilómetros de allí, para evitarse el escándalo, la violencia o el orine a su puerta.

En época de la posverdad –según apunta el intelectual Ignacio Ramonet-,  la apariencia vale más que la verdad. En algunas de las programaciones culturales que se realizan “el hábito hace al monje” y se apunta a crear la opinión de que los cubanos somos vulgares, incultos y sucios. Así se empeñan en presentarnos ciertos medios de prensa extrajera.

Y me pregunto si es la carencia de recursos, el facilismo o la irresponsabilidad la que nos empuja a “pensar” de esta forma algunos espacios del verano.

Hacer las cosas bien para no apoyar la incultura, el comercialismo, la grosería, y hasta el neoliberalismo y el anexionismo proyanqui, es una necesidad hoy, y esto solo es posible sembrando la capacidad de análisis, justicia, previsión, realizando proyectos de calidad, inclusivos y liberadores, y combatiendo el entretenimiento vanidoso y vacío.

La obligación es actualizarse siempre. Nada de conservadurismo. La cultura, es verdad, “no tiene momento fijo”, porque también en verano es herramienta de transformación, desarrollo y felicidad humana.