La universalidad de un hombre revela la grandeza de su espíritu, la entrega al bien común y la transparencia del ideal respaldado por una conducta guiada por un cúmulo de principios y valores que agigantan la minúscula dimensión humana y lo convierten por su luz en todo un símbolo. Así José Martí sigue inmortal para la humanidad.
Solo habían transcurrido 37 días desde el desembarco por Playita, cuando José Martí comenzó a redactar la última carta dirigida a su amigo Manuel Mercado. En vísperas de su muerte, el 18 de mayo de 1895, escribió a su amigo mexicano que “cuanto había hecho era para impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extendieran por las Antillas los Estados Unidos y cayeran, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”. Con la tragedia de Dos Ríos, queda inconclusa esta carta, que contiene la formulación más diáfana del Maestro sobre el propósito antimperialista que animó su acción revolucionaria.
En la carta, Martí, opuesto siempre al anexionismo, plantea: “…impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal que los desprecia”.
La carta de una hondura extraordinaria constituye una declaración de principios antimperialistas basados en el análisis de las circunstancias de aquellos momentos, la importancia de la guerra desatada el 24 de febrero de 1895 en el conjunto del enfrentamiento a las amenazas expansionistas estadounidenses, así como de la necesaria fundación de la república democrática en Cuba independiente. Estas ideas hacen de la misiva inconclusa, el testamento político martiano.
El pensamiento previsor y conocedor de la esencia del vecino del Norte le permite con ese conocimiento valorar la posición estratégica de nuestro país, “enclavado a las bocas del universo rico e industrial”, como quedó expuesto en el Manifiesto de Montecristi, en el cual se avizora “la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”. Ante las pretensiones de los Estados Unidos Martí disponía de la urgencia a detener la fuerza expansionista norteña.
Pero en la carta se reafirma el peligro que siempre vislumbró el Apóstol en el poderoso vecino del Norte. La injerencia de Estados Unidos impidió el triunfo de la contienda emancipadora cubana y cayó con fuerza sobre las tierras de América. Sólo después de cinco décadas una generación inspirada en su ejemplo, rompió todas las ataduras y conquistó la victoria definitiva.
Con madurez política habló siempre el patriota, la exhortación a la unidad de principios por ello lo guió el amor y la decisión de liberar la patria sin temer al campo de batalla: “ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber”. También antes había dicho: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. La expresión “y haré” revela el compromiso para una lucha inacabable, sustentado en sus principios patrióticos y éticos, para emprender la incansable batalla por la emancipación humana, sin perder nunca “este cariño mío a la pena del hombre y a la justicia de remediarla”.
Inagotables razones fundamentan que Martí sea, y necesitamos que continúe siéndolo, el autor intelectual de la obra revolucionaria desarrollada en el país. Se pensamiento hoy nos guía y seguimos camino”. Solo la muerte pudo detenerlo; pero no desapareció su pensamiento, ese que aún nos guía.