
Su sonrisa se pierde entre los niños que como él, forman parte de la sala de quinto año del jardín de la infancia. Todos revolotean como mariposas, corren entre los juguetes mientras él observa con recelo a sus compañeros de salón.
De pronto, entran como una ráfaga de lluvia, alegres, y Fabio, el niño de mi historia se arrincona en un lugar para que nadie acuda a él en busca de juego y diversión. Sus manitas se apoyan en el cristal de la puerta de entrada al salón. La seño advierte que Fabio mira a lo lejos, sin darse cuenta por qué actúa de esa forma. Su lenguaje, si existe, es literal (no entiende las bromas, los chistes, los dobles sentidos ni las metáforas).
Mamá y papá tienen que saber saber que Fabio, por llamarlo de alguna manera, no es un niño normal, es autista y por ello deben brindarle todo el amor y la atención del mundo.
La realidad es que a pesar de que no existe una cura conocida, niños que se han recuperado. Sólo una minoría de niños autistas llegan a ser adultos independientes; la mayoría se mantiene muy dependiente de sus familias o de los sistemas de apoyo. Pocos viven solos, no suelen tener amigos cercanos ni empleos permanentes. Fabio, María, Roxana, todos, deberán ser fuertes para que sus vidas sean menos tristes.

