Desde hace tiempo, meditamos y debatimos acerca de los procesos que siguen a toda división político-administrativa y al rediseño de las estructuras económico-sociales, -dos sucesos que se superponen y ocurrieron al unísono en el tejido social de nuestros 11 municipios y más de un centenar de asentamientos. Son acontecimientos que suceden por el inexorable curso de la dialéctica y ocurren en la conciencia del ser humano.
Nos hemos preguntado cuáles son esos procesos y cómo insertarnos en ellos, cómo incidir en cada uno, cómo avizorar sus rumbos y cómo ponerlos en función de los principios supremos de la sociedad y la nación.
Procesos de ruptura y continuidad, de conocimiento, reconocimiento y autorreconocimiento, de articulación y empoderamiento, de deconstrucción, reordenamiento y centralización, entre otros, son fenómenos que hemos analizado durante casi ocho años, conectando la experiencia de las antiguas versiones que tuvo la Habana, de aquellas otras provincias surgidas en 1976, de los espacios artístico-culturales, del papel de los medios de difusión y de las fortalezas histórico-sociales que la unen.
Tampoco pueden ignorarse fenómenos como la globalización que influyen decisivamente en las corrientes de pensamiento del mundo contemporáneo.
Reacomodar los paradigmas de la historia, por circunstancias o conveniencias del presente, constituye un peligro y una agresión a nuestra integridad nacional. Solo contribuye a desarmar la unidad de un pueblo y la Nación; erosiona la integración de las generaciones sucesivas y crea barreras artificiales de diversa índole (geográficas, culturales, raciales, ideológicas y políticas, entre otras) que terminan por destruir cualquier sociedad. Quien olvida su pasado se condena a no tener futuro.
El proceso de división político-administrativa no puede tener, en modo alguno, implicaciones en nuestra visión de lo nacional, nuestra admiración y apego al pasado. Por el contrario, debe ser un motivo y una fuerza para construir nuevos lazos con él, enriquecer nuestras perspectivas identitarias y favorecer nuevas esferas de análisis y realización social y cultural, renovando y abriendo otros caminos para insertarnos en la cultura, el pensamiento y espiritualidad de la patria.
La historia ha de servir para fortalecer lo que nos identifica y une, y para derrotar lo que nos debilite y fragmente: este es un principio martiano y fidelista, pero también una regularidad, una ley, en la formación de la nacionalidad.
El trabajo cultural (en su sentido más amplio), tiene en la provincia de Artemisa retos impostergables, como el aporte de la región a la formación de la nacionalidad cubana y al desarrollo del mundo caribeño y latinoamericano (en lo agrícola, lo técnico, lo industrial, lo económico, lo sociocultural, lo religioso y lo artístico-intelectual). Nuestro desempeño económico, social y cultural de esta región no solo para Cuba, sino para las Antillas y Centroamérica, es intenso y está tejido a las comunicaciones, el mercado y el intercambio artístico-cultural en nuestra zona y su contribución al mundo.
El papel de la actual Artemisa como escenario de ideas de avanzada en el campo político e ideológico, el movimiento revolucionario, lo artístico y lo intelectual, y lo científico y sociológico, desde 1868 hasta 1959, tanto como en los movimientos sociales más significativos del siglo XX. Afirmar nuestros valores y conocernos es el único modo de proyectarnos al futuro y al mundo.