Anónimo y gigante

Un maestro del muralismo cubano y continental, Orlando Suárez, es un perfecto ignorado. Las enciclopedias digitales ni lo mencionan y muy escasos libros lo refieren como profesor o colaborador de los grandes del muralismo mexicano.

Ese tal Orlando Suárez, desconocido e ignorado, es de San Antonio de los Baños y su enorme obra puede verse en la pared central de la Terminal de Ómnibus de La Habana.

No son muchos los datos que tenemos de él. Nacido a inicios de siglo XX en Vereda Nueva, entonces perteneciente a San Antonio de los Baños, desarrolló aquí su infancia y primera juventud mostrando talento para la pintura. El clima cultural del Ariguanabo, donde Abela era venerado, impulsó a aquel adolescente que pronto ingresaría y se graduaría en San Alejandro, academia donde también ejerció magisterio.

Orlando Suárez era parte de aquella generación de René Portocarrero, Amelia Peláez, Carmelo González y Raúl Martínez, entre otros imprescindibles de la plástica cubana. Su sentido de la justicia y compromiso social lo hicieron partícipe de los movimientos revolucionarios, militante del Partido Socialista Popular y luchador antimperialista.

Por eso, al viajar a México, su talento y conciencia le llevaron a David Alfaro Sequeiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco, “los tres grandes” del muralismo mexicano y el arte como arma de lucha en ese país.

Pintaban entonces los gigantescos frescos del Palacio de Bellas Artes o la Universidad de Guadalajara, denuncia a la vida infeliz del indio, el campesino, la mujer y el obrero. El programa revolucionario del presidente Lázaro Cárdenas su defensa de la riqueza nacional y del pueblo, confirmaban la causa de esos artistas y la del propio Orlando Suárez.

Luego de varios años, regresa a Cuba con una experiencia insuperable que reparte entre sus alumnos y compañeros. Así lo sorprende el primero de enero de 1959, triunfo de una revolución que abrazó con verdadero espíritu fundador.

Muchas nuevas instituciones creadas por la Revolución contaron con su obra. Las academias y estudios libres, que rompieron el elitismo de nuestro arte, hizo de Orlando Suárez un animador constante.

Viajaba semanalmente a diversas localidades habaneras o matanceras para impartir clases a niños y adultos. Impulsó la creación de las escuelas de instructores de arte y del Instituto Superior de Arte.

Organizó exposiciones itinerantes en comunidades campesinas, serranas y de pescadores, formó artesanos y dio valor a las expresiones autóctonas, legando además el enorme mural histórico que decora la Terminal de Ómnibus capitalina, inaugurado por Juan Marinello, y con la presencia de Nicolás Guillén, Dora Alonso, Félix Pita Rodríguez, Onelio Jorge Cardoso y otras importantes personalidades, en 1976.

Orlando Suárez, ese anónimo gigante, merece un sitio o una tarja, un recuerdo, en su cuna del Ariguanabo, porque somos lo que la memoria construye.