Es osado opinar categóricamente cuando de gustos se trata. Un artículo en Internet afirma que las cubanas luchan por parecer Barbies y los cubanos las prefieren así ¿Acaso ha cambiado la preferencia por las criollitas de Wilson? ¿Se desplaza la belleza de las cubanas, de las curvas pronunciadas y elegantemente rellenas, ondulantes caderas y cintura de violín, hacia la anorexia y la silicona?
Únicamente quien escriba desde un laboratorio puede afirmar tal cosa. Salir a la calle demuestra lo contrario. Piernas contundentes como para subir montañas, cimas prominentes y cintura apretada es más que cultura, patrimonio genético de las cubanas. Desde luego, tampoco generalizo.
Si de algo presumen las cubanas es de sus formas, que bien saben cómo enfundar en licras, pitusas, faldas o short. No importa que haya mucho o poco. La cubana sabe colocar y destacar cada sitio –a pesar de las carencias y los precios de la moda-, encuentra el milagro para sorprendernos siempre.
En cualquier edad, estatura o peso, la cubana es una negación permanente al modelo Barbie y a quienes afirman desde Internet que los conceptos de belleza criolla han muerto.
¿Se imaginan una Barbie bailando salsa o rumba, pidiendo botella bajo el puente de las 8 Vías o en la cola del mercado? Es como el café sin cafeína o el ron sin alcohol. Barbie es una construcción cultural que se nos parece poco, tanto en lo físico como en lo social. El ideal de sus creadores ha intentado adaptar sin éxito su modelo a los más diversos contextos humanos con el mismo canon de delgada esbeltez, mucho hombro, ninguna cadera y más mandíbula que nalgas.
Producida por la compañía estadounidense Mattel desde 1959, Barbie fue creada por Ruth Handler, esposa del magnate, que la llamó como su hija Bárbara y se inspiró en la muñequita alemana Bild Lilli.
Pese a ser un boom en el mercado de juguetes, no solo para niñas, Barbie ha estado y seguirá lejos de África, de la América india y de nuestra Cuba mestiza.