Leonor Pérez Cabrera. Foto: Tomada de internet
Martí dijo que toda madre debiera llamarse maravilla, seguramente pensó en la suya, Leonor Pérez. Esa que lo trajo al mundo a la edad de 24 años. Quien daría los más grandes amores y, también, los mayores quebrantos al verlo entregarse desde la adolescencia a la lucha por la independencia de la tierra que le vio nacer.
Martí adoraba a su mamá. Muestra de ello fue la carta que le envió el 23 de octubre de 1862, cuando apenas contaba con nueve años de edad, fechada en el Hanábana, zona rural de la actual provincia de Matanzas, a donde el pequeño había ido en compañía de su padre Mariano Martí, nombrado capitán juez pedáneo en Nueva Bermeja.
Y es que en la sustancia de la honra de José Martí y en el costado más personal de su biografía, siempre encontraremos a esa mujer, a doña Leonor, ejemplar en su civismo, en su laboriosidad, semillero junto a su esposo y desde su hogar, de ese sentido del deber, de ese amor por el trabajo y de esa orgullosa dignidad que creció en su hijo, dentro de sus mejores virtudes.
La enfermedad de un hijo es un dolor, pero también verlo en la cárcel, sometido a bárbaros trabajos forzados. Y tal experiencia vivió Doña Leonor con su Pepe, cuando este sólo tenía 16 años. Leonor tuvo que vivir el calvario del presidio político de su hijo Pepe, donde sólo estuvo seis meses, en los que perdió visión y le provocó una lesión que le afectó durante toda la vida, al caer la cadena de los grilletes sobre la ingle y gestarse un tumor en el testículo, de lo que fue operado reiteradamente en España y México.
Desde el presidio, donde fue el preso No. 113 de la primera brigada de blancos, en 1870, el joven Pepe Martí envía unos versos a doña Leonor:
"Mírame, madre, y por tu amor no llores:
Si esclavo de mi edad y mis doctrinas,
Tu mártir corazón llené de espinas,
Piensa que nacen entre espinas flores."