Graduados de la generación 25 reciben sus títulos. Foto: Luis Alberto DH /RAVolver por los recuerdos no resulta fácil. Es transitar los años y sentirse estudiante de una escuela, catalogada por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, como la luz de la aurora.
Corría el 15 de diciembre de 1986. Entraba la noche para despedir la tarde. Yo era un adolescente de trece años, como cualquier otro de mi querido Ariguanabo. Miraba la televisión, mientras el Comandante hablaba en el acto de inauguración de la Escuela Internacional de Cine y Televisión.
Crecían entonces mis expectativas y creía más en el mejoramiento humano, porque Fidel confiaba en la nueva obra. Hablaba seguro de los éxitos y retos de la nueva escuela. Nacía el orgullo de una institución que derribó barreras políticas y raciales. Un centro para soñar, aprender, crecer, crear y ser mejores personas a través del cine.
Treinta años después regreso a la escuela. Otras veces estuve, pero ahora la emoción fue mayor. La noche era testigo de pasiones y compromisos. La luz de las estrellas abrazó el talento de los graduados y mezcló su luz con el brillo de pupilas encendidas por la dicha de saberse cineastas. El gigante de concreto que se levanta entre el verdor de los campos ariguanabenses, junto a la finca San Tranquilino, acogió a la graduación 25 de la escuela de todos los mundos. La escuela que palpita con la luz de la aurora.
Sentí estremecer mi cuerpo. Llegué al centro en funciones periodísticas. Recorrí sus pasillos y conmigo lo hicieron Fernando Birri, Gabriel García Márquez y Fidel Castro. Ellos regresaron esta noche para estrechar la diestra, regalar un abrazo o besar a los graduados.
Noche para el recuerdo bajo las estrellas de un Ariguanabo que trasciende por cotidiano y popular. La Escuela Internacional de Cine y Televisión es la de todos los mundos. Ella, en treinta años, superó cualquier crisis y escuchó miles de veces el canto de los gallos por la aurora. Por eso hoy está feliz.
Noche para guardar. El orgullo de una escuela creció en el corazón de todos y Fidel volvió a sonreír. Su idea, su obra, su confianza en un mundo nuevo y mejor florece en la alborada de mi Ariguanabo. Nuevos eicetevianos salen de la burbuja creativa del cine y su escuela de tres mundos. Adentrarse en la dura realidad del Siglo XXI es su nueva misión. La América Latina, oprimida y saqueada, espera por su talento.
Ellos llevarán a las imágenes la verdadera visión de un cineasta. Sin ficción y con historias que toquen el alma. Estoy seguro, porque son el orgullo de una escuela.
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