Julián Francisco Valiente López ¨Paquito¨ Foto JART
Un valiente de nombre Francisco deja de existir porque así lo quiso el destino. Toma el camino del camposanto y se va en busca de los ángeles. Batalló por no hacerlo, como era habitual en su estilo de vida, pero menguaron las fuerzas y la parca le ganó la última batalla. Se marcha para unir su nombre a otros valiosos profesionales de la palabra en la radio, que un día, por ley de la vida le antecedieron. Freddy, Elisa, Ramón Benito, Bencosme, María del Rosario, Hugo y Norma Vega lo recibirán para juntos expandir la luz en el futuro sendero de la prensa ariguanabense.
“Paquito”, como lo llamábamos en la emisora, hizo todo lo que quiso y pudo, mientras la salud le permitió andar. Primer pionero de San Antonio de los Baños, profesor de generaciones en el preuniversitario República Popular de Angola, jefe del Departamento Informativo de Radio Ariguanabo, esposo íntegro de su amada Isabel, padre ejemplar, abuelo cariñoso, comunista cabal e intransigente. Así lo recordaremos y así vivirá entre los que le conocimos.
¡Caramba, Paco! Nos duele tu partida, a pesar de saber que era posible. La parca te venció, pero no sabe todavía al hombre que se lleva consigo. Se lleva al jefe que no conocía el descanso y robaba minutos al tiempo por ser ejemplo para sus subordinados.
Pequeño de estatura, menudo en su complexión física, de voz baja y escasa cabellera. Paquito llevaba espejuelos ceñidos a las pupilas y muchas veces andaba a prisa para no perder el tiempo. Así era Julián Francisco Valiente López, inmenso en la palabra y la acción. Hacedor de sueños entre tantas quimeras, enamorado fiel de la revisión de un guión, una crónica o la información de último minuto. Ese era Paquito. No sabía ser de otra manera.
Un valiente de nombre Francisco soportó estoicamente la enfermedad que lo aquejó en los últimos años. Sin embargo, nunca dijo no puedo, porque siempre estuvo presto a mejorar. Tuvo un final que no merecía. Julián Francisco Valiente López apagó la vivacidad de sus pupilas, pero dejó en todos el ímpetu de ser mejor, los deseos de perfeccionar y los gratos momentos que pasamos juntos entre colegas.
Hermano Paquito, solo me resta un hasta luego y el apretón de manos de cada jornada. Me queda tu pícara sonrisa y el susurrar bajito cuando la ocasión lo ameritaba. Me queda también tu imagen de Quijote del tiempo, luchador frente a los inconvenientes. ¡Gracias por ser parte de la voz de donde hay un río! En ella dejaste un pedazo de tu vida e historia, eso nadie lo puede dudar. Buen viaje a la eternidad, amigo Paquito.