José Antonio Méndez. Foto tomada de Internet
Pase usted, José Antonio Méndez. Digo su nombre y la gloria enrumba hacia el camino de los inmortales. Usted, es la música hecha sentimiento, lirismo, poesía. Usted, es el acorde de la guitarra entre las enamoradas cuerdas y las marfiladas teclas de un piano.
Un día como hoy en el lejano 1927, nació en el reparto “Los Pinos”. Allí vivió gran parte de su vida, donde tuvo la oportunidad de conocer a grandes el pentagrama como Sindo Garay, Manuel Corona y Rosendo Ruiz. Sin saberlo, comenzó a componer y al paso del tiempo, sería de los mejores de su época.
Usted no se preocupó de hacer grandes disonancias, ni transitar por el intrincado campo de las modulaciones. Usted fue artífice de la melodía diáfana y fácil, lejos de las vulgaridades, libre de rebuscamientos en el momento de concebir la música y sus letras.
Dominio de la forma, fluidez melódica, uso correcto de las secuencias armónicas, coherencia del texto y una correspondencia exacta con los acentos melódicos, marcaron su paso por la música. ¡Eso fue usted, maestro José Antonio Méndez! Puro sentimiento en cada letra que popularizó. Ahí están los inmortales, “Por mi ceguedad”, “Novia mía”, “La gloria eres tú” y “Si me comprendieras”, todos íconos de la música cubana.
Hoy escribo para usted maestro. Es su onomástico y a pesar de no existir físicamente desde 1989, está presente en cada enamorado que baila sus canciones y se envuelve en la mística dulzura del amor.
Maestro, hoy lo visualizo, guitarra en mano, con ese exquisito gusto para vestir, igual a sus canciones. Siempre elegante, unido a grandes como Benny Moré, Dámaso Pérez, Lucho Gatica y Omara Portuondo.
¡Qué lástima, maestro José Antonio! La parca lo atrapó cuando aún podía escribir. Escucharlo permitía recibir un timbre claro y afinado, no importa si al hablar tenía una voz ronca. Su poesía unida la rica sonoridad típica de un cubano auténtico, lo inmortalizaron.
Maestro, tal vez podría regalarle “Mi mejor canción”, decirle que “La última la traigo yo” con el ritmo de su pegajoso “Cemento, ladrillo y arena”. ¡Gracias, José Antonio! Pase usted. La música se honra con su presencia y este modesto escribano siente orgullo de agolpar palabras en busca de la crónica que escale su estatura musical.

