Más de cincuenta líneas…

Complicidad. Foto: Tomada de InternetComplicidad. Foto: Tomada de InternetSuena el teléfono. Escucho la voz de un colega, de un amigo, de un ser especial al cual es imposible decirle: “No”. Viene con una encomienda (aparentemente sencilla). Me pide que dedique 40 ó 50 líneas a quien debo dedicar mi vida entera. No obstante, asumo el reto. Marcho hacia la conquista de las palabras mágicas que sean capaces de definir con exactitud la relación entre mi padre y yo. Pero es complejo. ¿Cómo resumir 30 años con su compañía en un espacio reducido de papel? ¿Cómo reflejar la magnitud de un sentimiento que cada día crece más?

Entonces pienso: Lo haré más tarde, o mañana... quizás, en otro momento. Pero el descanso se rinde ante el poder de esa musa que llega sin previo aviso, repentinamente, al recordar cuánto ha hecho por mí ese hombre cariñoso, serio, respetuoso y noble que un día me regaló más que su apellido; al que seis décadas y unas pocas canas no han podido robarle la sonrisa.

Muchos leerán este texto, sin conocer siquiera el nombre de su inspirador, pero otros sabrán de lo que hablo. Los más cercanos hallarán en mí su mirada, su sentido de la responsabilidad, su cautela, ese afán de hacer las cosas bien, sin prisa, al detalle.

Hoy llevo más de él en mi interior de lo que se imagina. Atesoro sus consejos, guardo con recelo cada palabra de apoyo, cada partícula de su sabiduría. Le debo más que esas tardes en bicicleta, de lo que aprendí sobre el ajedrez, de aquellos “chapoteos” en el mar o el amor que me inculcó hacia el estudio.

Para agradecerle con palabras, debería escribir otras cien crónicas. Así no olvidará lo importante que fue su apoyo aquellos sábados en ese local improvisado, donde todos éramos jóvenes apasionados por el Periodismo.

A mi formación dedicó jornadas enteras, viajes largos, noches de desvelo, búsquedas de libros antiguos. Pintó paredes y reparó ventanas cuando fue preciso, me preguntó las capitales de todos los países. Fue mi juez, y aún lo sigue siendo, el que no escucha, observa o lee mis trabajos periodísticos sin regalarme la opinión más sincera.

Ya me hizo llorar y sonreír. Me retó a encontrar una fruta con S inicial mientras jugábamos con las palabras, dibujó las paredes con sombras chinescas cuando no había nada más que hacer. Ya sostuvo mi mano con la emoción en la piel cuando un traje de novia me cambiaba la vida... y ahora, además, será el abuelo con el que un niño jugará a realizar sus sueños.

Mi padre cada día multiplica por 100 su cariño, porque nunca ha tenido límites para la familia y los buenos amigos. Mi padre tiene el corazón de un gigante, por eso sé que siempre habrá cabida en él para mí.

Para valorarlo... hacen falta más de cincuenta líneas.