Foto tomada de internet.Las historias individuales o colectivas están marcadas por la participación de la familia, revelando el comportamiento de sus miembros, la cooperación, el apoyo espiritual y material que se brindan, y lo más importante el amor que se profesan entre sí. La familia es la unidad básica de la sociedad y constituye el centro de todos nuestros actos, triunfos o tropiezos, proyectos de vida y de la realización personal. Significa el soporte, la base para crecer en el orden personal.
No importa la composición de la familia, puede ser más o menos numerosa; en cualquiera de los casos es necesario que estén unidos por el amor. La familia es cuna, refugio, trinchera, remanso. Debemos contar con ella, intercambiar nuestros puntos de vista, escuchar, ser oídos, opinar. No es precisamente que allí nos den la razón, es más que eso, nos permiten reflexionar, razonar para poder ponernos al lado de la verdad, de lo justo y sobre la base del respeto y la tolerancia poder rechazar lo negativo, sin imposición.
Compartir en familia a propósito de una efeméride, del éxito de alguno de sus miembros o simplemente por la necesidad de pasar juntos un tiempo resultan válidos pretextos y alternativas para el intercambio. Ellos facilitan la posibilidad del encuentro y resaltan el interés de confluir y reconocer cuánto han logrado en el plano personal en un ambiente fraternal y solidario, con lecciones desde la fuerza de los valores humanos; esos que se brindan como lo mejor que podemos ofrecer.
Así como un árbol necesita de la tierra para echar raíces, crecer y dar frutos, al ser humano le resulta imprescindible contar con la familia, sentirse parte de ella, aportar y contribuir a la consolidación de la unidad entre todos con sentido de pertenencia.

