Foto: Tomada de Internet
Querida vieja. Hoy volví al encuentro de este domingo de gloria para conversar como de costumbre. Radiante y bella esperabas mi llegada. La brisa fresca de la mañana, acariciaba tu rostro y mis flores llegaron para engalanarte.
Un beso, un abrazo, una caricia y la palmadita en el hombre como muestra de confianza y aliento, no faltaron en nuestro diálogo.
Otra vez mayo nos regala un domingo para estar juntos. Dicha de la vida que todos gozan. Domingo para el cafecito al levantarse, la visita de ocasión, le entrega de postales y un almuerzo o cena, que convoque a ser más fuertes en familia.
Ese placer lo viven aquellos que disfrutan la presencia de Mamá. Los que la miman y cobijan. Yo, por el contrario, espero este domingo para regresar a tu lecho. Allí, donde el descanso eterno es tu mejor aliado. No importa que las palabras pierdan protagonismo cuando se trata de ti.
Tampoco que tu pequeño lecho esté desprovisto de butacas, sofá o la simple sillita, donde las tardes eran cómplices para un consejo o regaño.
Querida vieja, siempre estás presente, nunca faltas a la felicidad de un premio o la incertidumbre de una decisión. Te busco en el infinito y apareces. Miras con sonrisa de ángel y eres oportuna, decidida, firme en tus argumentos.
Querida vieja, llegas cuando me urge y mis reclamos son tus obligaciones. ¡Cuánto necesito de usted! Solo Dios sabe de mis señuelos en el silencio de la noche y en el dolor de una caída o fracaso.
Te confieso algo mi vieja. Tal vez lo sabes, aunque no lo haya dicho. Aunque lo agitado de cada jornada me guarde las palabras y esconda el sentimiento. Eres lo mejor de mi vida, mi talismán, mi guía, mi protectora. Eres esa Madre íntegra, madura, curtida por los golpes de la vida. Eres el sol después del alba, la llovizna luego de una tormenta, el arcoíris detrás de un nubarrón. Eres docilidad, paciencia, armonía, perdón y consuelo.
Querida vieja, añoro tu estancia en casa. Sé que no es posible. Los estatutos de la vida así lo exigen. Diecinueve largos años me apartan de tu presencia física. Esos mismos, me inspiran a escribir, porque eres la musa eterna que acompaña mi labor periodística.
¡Gracias mi vieja! Todo lo que tengo lleva tu nombre. Fundámonos entonces en un abrazo fuerte y el hasta luego de cada jornada. Me voy, pero volveré. Otras madres esperan mi beso, el suyo es el primero, el imprescindible, el necesario. ¡Hasta siempre!