Sonia María disfrazada junto a una niña de círculo infantil. Foto: Carlos E. Rodríguez /RA
Para moldear la inocencia se necesita arte. La protagonista de esta crónica, lo lleva ceñido en el alma. Ella conoce de la paciencia intangible de cultivar amor, de la dulzura que convierte en milagro el barro, de la poesía hecha palabra y el cariño repartido entre tantos. Hoy le rindo homenaje.
La mejor manera de reconocer su trabajo. Sentirse acompañada por los niños, le hace bien. La sonrisa de cualquier infante multiplica sus dones, enaltece su espíritu y le permite descubrir lo mucho que puede lograr con un simple abrazo. Dirigir el círculo infantil “Zunzún” la llevó a percibir aquella caricia que devuelve la calma después del llanto, o el toque divino de tiernas manitas, esas que la convierten en reina de sus príncipes enanos.
“Honrar, honra”. Eso precisa esta crónica. Sencilla como su arte, dócil cual pincel que dibuja el talento. Así es Sonia María González. Tres décadas entregadas al magisterio descansan en esta educadora ariguanabense. Roba minutos al tiempo. Baña su rostro con el rocío mañanero y a pesar de la distancia, llega a tiempo a la cita con los enanitos de Blanca Nieves. Los primeros rayos de sol, la descubren. Cuadernos, apuntes y sueños a galope cabalgan en su misión: enseñar.
Madre, educadora, amiga, consejera. Virtudes de quien asume la jefatura del Departamento de la Enseñanza Preescolar en la Dirección Municipal de Educación. Sonia María, hace camino al andar. Cual mar embravecido y henchida de placer, disfruta de los pequeños cuando declaman, cantan, logran una composición gimnástica, o deletrean las primeras vocales. Ese es el fruto al sacrificio, el mejor de los regalos para quien siente la gratitud de hacer volar talento e inteligencia.
¡Gracias, Sonia María! En usted vive el legado de Mendive, Martí y José de la Luz y Caballero. No hay dudas. Decir su nombre es decir Círculo Infantil, escuela y taller. Es saber cuándo y cómo se ha de moldear la inocencia.