La zarzuela. Foto InternetHasta bien entrados los años ochenta del siglo XX, recuerdo la existencia de un público numeroso y fervientemente zarzuelero: público de rancia estirpe musical y escénica que hablaba con nostalgia del Teatro Martí, del Alhambra y hasta del Shangai.
Quizá magnifique sus arranques de emoción que estallaban en ovaciones y vítores ante la entrada de Cecilia, el tango congo de Tirso con el gallego y la mulata, los pregones matutinos y la romanza de Amalia Batista o el dúo de El Cafetal.
Quizá la nostalgia pueda llegar al delirio, y aquel público, sabedor de todas las compulsiones, que había visto sucumbir una y otra vez a María La O, que había visto la caída infinita de Leonardo Gamboa a la puerta de la iglesia y el regreso triunfal del indiano a la aldea de Los Gavilanes, no exista hoy. Aquel público conservaba celosamente los programas con Candita Quintana, Blanca Becerra o Rita Montaner a la cabeza, las fotos autografiadas por el Don Melitón, de la Verbena de la Paloma, la Lola Cruz o Isabel de Ilincheta, y algún recuerdo preciado de Sánchez Galárraga, los Robreño o Eliseo Grenet.
Nadie crea que este público, curtido en lo efímero y lo eterno, pertenecía exclusivamente a la capital del país. Lo he hallado en Bejucal, Güines, Holguín, Pinar del Río, Cienfuegos y en San Antonio de los Baños, donde por fortuna, nos honra Rodolfo Chacón y su proyecto La dulce quimera, que mantiene vivo el arte de la zarzuela. Aquel público, ¿cómo iba y regresaba del teatro? ¿Con qué artes vencía colas y taquillas? ¿Por qué conocía al dedillo la vida y milagros del autor y los artistas?.
Tal vez, ese público, ahíto de contradanzas y cuplés, que no aplaudía con las joyas, sino desbordado de cariño y memoria, haya forjado su propio relevo antes de abandonar definitivamente la platea. O quizá la propia zarzuela creara siempre su propio público, como la maternidad al nuevo ser.
Como decía el profesor Ángel Vázquez Millares: Confiemos en un porvenir más prometedor para la zarzuela y, por supuesto, también para la cubana que es, sin duda, una de las mejores creaciones del arte nacional. Pero me atrevo a destacar la necesidad de reproducir (CD, DVD, etc) una colección del impresionante catálogo de zarzuelas cubanas. Hablo a nombre de ese público y para que las jóvenes generaciones (artistas, instructores, estudiantes de todas las enseñanzas y en especial de arte y humanidades), conozcan una de las riquezas de nuestro patrimonio musical, un caudal donde tributaron todos los genios de la música y el teatro en Cuba y se perpetuó gracias a los públicos que fueron, somos y seremos.